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BOMBAS, BALAS Y MARIPOSAS
Otra vez este doloroso rito de recordar las bombas cayendo sobre mi ciudad apenas cuatro días antes de la Nochebuena, los muertos que muchos pretenden olvidar, los argumentos de la gente simple que cree que la historia es una especie de partido entre dos equipos muy bien delineados y que justifican una bandera negra o una bandera blanca olvidando el espectro extenso que colorea cualquier sociedad.
Ese día de diciembre de 1989 fuimos brutalmente humillados.
Hay que empezar por aceptarlo.
El ejército más poderoso del mundo nos golpeó con una fuerza imbatible y criminalmente exagerada, rompiendo ese principio que aparece en libros tan antiguos como el Mahábharata o el Deutoronomio, y codificadas en tratados modernos, según el que se condena el uso de fuerzas exageradas y la destrucción de poblaciones civiles. Fue una “guerra injusta”, para usar el término de las academias militares, con el absurdo nombre de causa justa.
Panamá era un país con un ejército de menos de 3,000 personas, preparado más que nada para enfrentar protestas civiles, actividades delictivas y para defender a Noriega en sus negocios, que incluían el tráfico de armas y drogas, que hizo precisamente para los gringos durante los muchos años que fue subalterno del mismo George H. W. Bush que ordenó la invasión. Negocios que, en Panamá, la mayoría le permitió sin protestar durante esa primera mitad de los años ochenta. Hasta que se desató el escándalo Iran-Contras el 3 de noviembre de 1986 y Noriega se convirtió en un estorbo para sus jefes, en especial durante la campaña presidencial en 1988 de Bush, en ese entonces vicepresidente. Año que empezó con la acusación formal en febrero de Noriega en un juzgado de Florida.
Por otro lado, en diciembre de 1989, Estados Unidos tenía una fuerza de 35,000 personas que se habían dedicado los años previos a realizar maniobras por todo el territorio panameño, con el monopolio del cielo y el mar, ya que Panamá no tenía nada que se pudiera considerar aviación o marina de guerra. Sin embargo, la noche del 19 de diciembre, desde Estados Unidos viajaron tropas adicionales y la fuerza aérea más sofisticada jamás enviada a una guerra, totalizando 27,000 personas las que participaron en la invasión.
Es tan injustificable como si una tropa de policías molieran a golpes a un maleante después de apuñalarlo y dispararle.
Y aunque Noriega era un maleante, Estados Unidos no era la policía. Y Noriega era uno solo de los miembros de las 3,000 tropas panameñas que no hicieron mucho para defender a nadie.
Y en esta guerra no murieron delincuentes, murieron vecinos de diversos barrios de Panamá.
Murió gente inocente, gente desarmada, gente que nada tenía que ver ni con el maleante de Noriega, ni con el maleante de Bush, ni con este plan corriendo desde antes que Díaz Herrera denunciara la corrupción del gobierno al que había pertenecido. Corrupción que hemos permitido y seguimos permitiendo impune en un país donde es encomiable y socialmente aceptable hacer carrera política con el objetivo de enriquecerse de negocios estatales corruptos. Porque con la invasión no hubo cambio alguno en Panamá. Otros se llevaron a Noriega, pero nosotros dejamos que continuara el mismo sistema podrido que hemos tenido desde el inicio de la República y que se renueva cada cuatro años en esta ilusión que nos venden con el nombre de democracia y que aceptamos alegremente.
Ilusión que necesita que aprendamos y repitamos conceptos muy simples, como ese que dice que el que condena la invasión es un maleante que defiende a Noriega, que las toneladas de bombas que cayeron esa noche sobre el Chorrillo no provocaron el incendio de ese barrio de madera, o que la invasión de hace casi un cuarto de siglo fue una liberación que debíamos celebrar, como en efecto muchos lo hicieron. Una ilusión que necesita que nos olvidemos de la historia, de los muertos, de los motivos, de las bombas, de las balas. Una ilusión que exige que creamos en esa mariposa de colores que llamamos equivocadamente democracia.
Una ilusión de bombas, balas y mariposas.
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EL SUEÑO LOCO DE SAN SALVI
Florencia no es real. No puede serlo. Ciudad de ensueño, cuyos rasgos parecen surgir de la imaginación, trazados por la luz de un sol que sólo en este lugar del mundo es tan especial. Siempre llena de belleza, desde hace mucho tiempo la creatividad artística ha encontrado allí hogar y ha prosperado, y la ha llenado de arte y de objetos hermosos.
No muy lejos del centro histórico hay un campus en el que desde principios del siglo XX funcionó un manicomio. Campos sembrados, jardines, un teatro y varias edificaciones alojaban aislada a una comunidad que, en esa época oscura de la siquiatría, era condenada a vivir en ciudades cerradas como el Ospedale psichiatrico di San Salvi.
En San Salvi funciona aún un hospital, pero por su campus no deambulan ya esos enfermos mentales de años pasados, algunos en realidad víctimas de procedimientos tan terribles y definitivos como la lobotomía, o confinados de manera absurda por lo que hasta los años setenta se consideraban trastornos mentales, como la homosexualidad. En el San Salvi de hoy, algunos pabellones han sido tomados por comunidades de jóvenes o artistas, otros son utilizados por diversas instituciones del gobierno. Uno de los edificios lo gestiona Chille de la Balanza, que organiza durante todo el año eventos artísticos y culturales. Uno de ellos es la Fiesta del Salvino - La República Libre de las Artes y la Cultura, razón principal por la que estoy en Italia, invitado por Aristides Ureña Ramos.
En este pabellón de antiguo hospital, por hoy República, artistas y público celebran la creatividad artística. Al llegar, una ruleta recibe a todos; el ingreso es gratuito, pero si se quiere hacer compras se deben adquirir salvinos, moneda diseñada por Amadeo Lanci, única de circulación autorizada en esta nación libre. La tasa de cambio la decide el azar: el abundante negro en la ruleta dicta un salvino por 10 euros, los escasos blanco y rojo dictan dos y tres veces esa cantidad. Las obras, la comida preparada especialmente, las cervezas y el vino Salvino, un chianti de producción limitada preparado especialmente para el evento por Filippo Cintolesi, se compran con salvinos.
El tema de este año es Don Quijote, el sueño loco (no tomar en serio nada que no te haga reír). Y con esta idea en mente varios artistas han preparado sus trabajos. Algunos han llevado obras teatrales, otros piezas de danza, algunos performances, otros pinturas e instalaciones. De Panamá hay dos trabajos: El sueño trastornado, performance de Aristides Ureña Ramos y Alberto Gallingani; y el Laboratorio Experimental PANAMArama, colectivo reunido por Ureña Ramos y en el que participaron con trabajos en video Lili Mendoza, Vannie Arrocha, Melanie Taylor, Carlos Rodaniche y quien les escribe esta nota, José Luis Rodríguez Pittí.
Desde las cuatro de la tarde la gente empieza a llegar. PANAMArama se proyecta de continuo en una gran sala que le han dedicado exclusivamente. En diversos espacios, en los jardines, suceden diversas intervenciones artísticas. La gente aprovecha la oferta culinaria. El escenario principal se prepara y el público lo llena. A las siete es ocupado por las primeras obras. A las 10:15 p.m., Alberto Gallingani, vestido a rayas rojas y negras, y Aristides Ureña Ramos, encutarrado y enmascarado, salen a escena e inician su presentación que empieza con la lectura de varias líneas del Quijote frente a una proyección de imágenes diversas, muchas de ellas divididas exactamente en la mitad de la pantalla. Usando diversos artículos, música y la ejecución performática, llevan al espectador a meditar sobre el tema de fondo, la contraposición de dos mundos, el europeo de Gallingani, el caribeño de Ureña Ramos.
Mientras tanto, PANArama continúa su ejecución continua, con público que se renueva constantemente en esta sala con capacidad para medio centenar de personas. La proyección empieza con Cuotidiano, video en el que Lili Mendoza se filma leyendo un texto de su libro. Luego pasa a Souvenir recuerdo, trabajo filmado por Jhoram Moya en el que Melanie Taylor lee un texto sobre los objetos que nos trae el mar y la inocencia, mientras la hija de ambos juega en la playa. La secuencia continúa con Agua y Trópico de Carlos Rodaniche, en los que presenta la exuberancia del trópico y de la lluvia panameña, usando imágenes del agua, la selva y desnudos masculinos. Luego sigue el hermoso trabajo de Vannie Arrocha en el que la poeta en cierto sentido se desnuda y nos habla con su poema Desperfecta de la verdadera belleza y del valor de un ser humano, siempre único y especial: «ser predecible, con uniforme resuelto, / réplica de un maniquí de estantería. / terminaré musitando ideales ajenos». Por último, se presenta El paredón, trabajo en el que, utilizando diversas imágenes de personas frente a ese paredón en la Plaza de Francia en el que fusilaron a Victoriano Lorenzo, intento hacer meditar al público sobre la identidad de la República de Panamá construida sobre imaginación u olvido. Al terminar cada serie, el público asiente ante la propuesta presentada por los panameños. Lo hemos logrado, hemos tendido un puente de comunicación entre Panamá y Florencia que seguirá ahora por Roma, Lisboa, Venecia, Bruselas y regresará a América, empezando por Bogotá.
En otros espacios de San Salvi, bajo un hermoso cielo toscano, suceden otras cosas. En un patio queman una caja de libros. Un pintor dibuja las sombras de los asistentes. Otro lee el futuro de las personas en fragmentos de poemas previamente escritos. Un músico aprende con gusto un torrente de mejorana tocado en un Yukelele traído de Panamá. Una fotógrafa retrata a personas del público que, con escudo y lanza, representan a Quijote y Panza. Una niña, de forma espontánea, baila entre las obras. Alguien sale de entre el público y rompe una piñata llena de cenizas. Dos mujeres bailan danzas con aires orientales. Hay pinturas y esculturas en los patios, algunas colgadas de líneas de cuerdas y movidas por abanicos eléctricos ante una gran pared. Y yo, complacido, me pierdo caminando entre sombras e imágenes que sólo existirán durante esta noche de fiesta en este antiguo manicomio de San Salvi, acaso acostumbrado desde hace tiempo a ser escenario de este tipo de visiones únicas.
No muy lejos del centro histórico hay un campus en el que desde principios del siglo XX funcionó un manicomio. Campos sembrados, jardines, un teatro y varias edificaciones alojaban aislada a una comunidad que, en esa época oscura de la siquiatría, era condenada a vivir en ciudades cerradas como el Ospedale psichiatrico di San Salvi.
En San Salvi funciona aún un hospital, pero por su campus no deambulan ya esos enfermos mentales de años pasados, algunos en realidad víctimas de procedimientos tan terribles y definitivos como la lobotomía, o confinados de manera absurda por lo que hasta los años setenta se consideraban trastornos mentales, como la homosexualidad. En el San Salvi de hoy, algunos pabellones han sido tomados por comunidades de jóvenes o artistas, otros son utilizados por diversas instituciones del gobierno. Uno de los edificios lo gestiona Chille de la Balanza, que organiza durante todo el año eventos artísticos y culturales. Uno de ellos es la Fiesta del Salvino - La República Libre de las Artes y la Cultura, razón principal por la que estoy en Italia, invitado por Aristides Ureña Ramos.
En este pabellón de antiguo hospital, por hoy República, artistas y público celebran la creatividad artística. Al llegar, una ruleta recibe a todos; el ingreso es gratuito, pero si se quiere hacer compras se deben adquirir salvinos, moneda diseñada por Amadeo Lanci, única de circulación autorizada en esta nación libre. La tasa de cambio la decide el azar: el abundante negro en la ruleta dicta un salvino por 10 euros, los escasos blanco y rojo dictan dos y tres veces esa cantidad. Las obras, la comida preparada especialmente, las cervezas y el vino Salvino, un chianti de producción limitada preparado especialmente para el evento por Filippo Cintolesi, se compran con salvinos.
El tema de este año es Don Quijote, el sueño loco (no tomar en serio nada que no te haga reír). Y con esta idea en mente varios artistas han preparado sus trabajos. Algunos han llevado obras teatrales, otros piezas de danza, algunos performances, otros pinturas e instalaciones. De Panamá hay dos trabajos: El sueño trastornado, performance de Aristides Ureña Ramos y Alberto Gallingani; y el Laboratorio Experimental PANAMArama, colectivo reunido por Ureña Ramos y en el que participaron con trabajos en video Lili Mendoza, Vannie Arrocha, Melanie Taylor, Carlos Rodaniche y quien les escribe esta nota, José Luis Rodríguez Pittí.
Desde las cuatro de la tarde la gente empieza a llegar. PANAMArama se proyecta de continuo en una gran sala que le han dedicado exclusivamente. En diversos espacios, en los jardines, suceden diversas intervenciones artísticas. La gente aprovecha la oferta culinaria. El escenario principal se prepara y el público lo llena. A las siete es ocupado por las primeras obras. A las 10:15 p.m., Alberto Gallingani, vestido a rayas rojas y negras, y Aristides Ureña Ramos, encutarrado y enmascarado, salen a escena e inician su presentación que empieza con la lectura de varias líneas del Quijote frente a una proyección de imágenes diversas, muchas de ellas divididas exactamente en la mitad de la pantalla. Usando diversos artículos, música y la ejecución performática, llevan al espectador a meditar sobre el tema de fondo, la contraposición de dos mundos, el europeo de Gallingani, el caribeño de Ureña Ramos.
Mientras tanto, PANArama continúa su ejecución continua, con público que se renueva constantemente en esta sala con capacidad para medio centenar de personas. La proyección empieza con Cuotidiano, video en el que Lili Mendoza se filma leyendo un texto de su libro. Luego pasa a Souvenir recuerdo, trabajo filmado por Jhoram Moya en el que Melanie Taylor lee un texto sobre los objetos que nos trae el mar y la inocencia, mientras la hija de ambos juega en la playa. La secuencia continúa con Agua y Trópico de Carlos Rodaniche, en los que presenta la exuberancia del trópico y de la lluvia panameña, usando imágenes del agua, la selva y desnudos masculinos. Luego sigue el hermoso trabajo de Vannie Arrocha en el que la poeta en cierto sentido se desnuda y nos habla con su poema Desperfecta de la verdadera belleza y del valor de un ser humano, siempre único y especial: «ser predecible, con uniforme resuelto, / réplica de un maniquí de estantería. / terminaré musitando ideales ajenos». Por último, se presenta El paredón, trabajo en el que, utilizando diversas imágenes de personas frente a ese paredón en la Plaza de Francia en el que fusilaron a Victoriano Lorenzo, intento hacer meditar al público sobre la identidad de la República de Panamá construida sobre imaginación u olvido. Al terminar cada serie, el público asiente ante la propuesta presentada por los panameños. Lo hemos logrado, hemos tendido un puente de comunicación entre Panamá y Florencia que seguirá ahora por Roma, Lisboa, Venecia, Bruselas y regresará a América, empezando por Bogotá.
En otros espacios de San Salvi, bajo un hermoso cielo toscano, suceden otras cosas. En un patio queman una caja de libros. Un pintor dibuja las sombras de los asistentes. Otro lee el futuro de las personas en fragmentos de poemas previamente escritos. Un músico aprende con gusto un torrente de mejorana tocado en un Yukelele traído de Panamá. Una fotógrafa retrata a personas del público que, con escudo y lanza, representan a Quijote y Panza. Una niña, de forma espontánea, baila entre las obras. Alguien sale de entre el público y rompe una piñata llena de cenizas. Dos mujeres bailan danzas con aires orientales. Hay pinturas y esculturas en los patios, algunas colgadas de líneas de cuerdas y movidas por abanicos eléctricos ante una gran pared. Y yo, complacido, me pierdo caminando entre sombras e imágenes que sólo existirán durante esta noche de fiesta en este antiguo manicomio de San Salvi, acaso acostumbrado desde hace tiempo a ser escenario de este tipo de visiones únicas.
Versión completa del artículo publicado en La Estrella de Panamá donde se puede ver [[AQUÍ]].
DESDE URUGUAY: GRACIELA LEGUIZAMÓN SOBRE JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ PITTÍ
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Graciela Leguizamón es poeta, escritora y promotora cultura uruguaya. Creadora del proyecto Libro sin Tapas. Participa activamente de actividades culturales y en proyectos de promoción de la lectura. Organizadora de eventos de difusión y promoción para escritores y poetas en su país y el extranjero. Ha participado en Encuentros Internacionales de Literatura. Es editada en varias Antologías. Creadora de libros artesanales fue invitada a coordinar y organizar la 1ª Muestra del Libro Artesanal en Uruguay junto a la editorial Botella al Mar de Argentina y Escritores de Dos Orillas. Escribe para distintas Comunidades, paginas y foros en Internet.
Graciela Leguizamón es poeta, escritora y promotora cultura uruguaya. Creadora del proyecto Libro sin Tapas. Participa activamente de actividades culturales y en proyectos de promoción de la lectura. Organizadora de eventos de difusión y promoción para escritores y poetas en su país y el extranjero. Ha participado en Encuentros Internacionales de Literatura. Es editada en varias Antologías. Creadora de libros artesanales fue invitada a coordinar y organizar la 1ª Muestra del Libro Artesanal en Uruguay junto a la editorial Botella al Mar de Argentina y Escritores de Dos Orillas. Escribe para distintas Comunidades, paginas y foros en Internet.
JACQUELINE RIVERA COMENTA SOBRE "SUEÑOS URBANOS"
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Jacqueline Rivera (Ponce, Puerto Rico, 1970). Escritora y profesora de español en Columbia College. Egresada de la Pontificia Universidad de Puerto Rico y de la Universidad de Chile, donde obtuvo una Maestría en Literatura Hispanoamericana. Colaboradora de varias revistas, muchos la conocen por su nom de plume, Sonia Marcus Gaia.
LA INVASIÓN O EL RITO DEL DOLOR
Para los que nacimos en las décadas del 70 y el 80, la invasión a Panamá fue como un doloroso, confuso y obligatorio ritual de paso que aún, veinte años después, no terminamos de digerir. Experiencia terrible que poco se ha hecho por balancear, por analizar objetivamente, por describir en una perspectiva justa.
Niños durante la dictadura militar que dominó por la fuerza desde 1968, crecimos apenas conscientes de lo que murmuraban nuestros padres temerosos de hablar muy alto por la amenaza de un viaje a la Modelo, a la isla de Coiba o a una casa en un barrio cualquiera de dónde sólo se salía en un saco de henequén. Nosotros no teníamos esos problemas; después de todo, éramos "los hijos predilectos de la revolución": salíamos retratados con el general de turno en grandes vallas o en los diarios nacionales, y en navidad disfrutábamos cuando la Policía Nacional cerraba las calles de la ciudad, más pueblo grande que urbe moderna, para que montáramos bicicleta con libertad.
Los más viejos de esa generación de seguro recordamos a Díaz Herrera confesando en cadena nacional de radio y televisión los delitos en los que participó desde el gobierno militar, y cómo olvidar los sangrientos crímenes que remataron una dictadura a la que la gente empezaba a retar en las calles de manera cándida con piedras, pañuelos y pailas vacías.
Algo sí es seguro: hasta los menores recordamos cuando las cosas se salieron de control y, como pasó a menor escala por más de cien años, el poder más grande que la mayor cantidad de dinero del planeta puede comprar, el ejército más poderoso sobre la tierra, decidió atacarnos. Inolvidable cómo poco antes de la nochebuena nos bombardearon con toda su capacidad, nos invadieron, nos sometieron con facilidad, probaron sus fuerzas contra una ciudad convertida en blanco de práctica dizque para llevarse preso al general al poder, eso sí, criminal internacional.
Así amanecimos en 1990, en la última década del siglo XX, marcados por este ritual que ni los que eran en esa época nuestros mayores terminan de entender. Hoy, contemporáneos todos en esta segunda década del siglo XXI que iniciará pronto, creo que debemos empezar a analizarlo más críticamente, a mirarnos en el espejo con el ojo del analista objetivo.
En la bibliografía nacional hoy encontramos novelas, colecciones de cuentos, poemarios completos, ensayos, obras de teatro, testimonios. Muchos testimonios. Esto sin contar artículos politiqueros que es mejor dejar en el olvido. Entre estos libros serios prima el dolor, el lamento por unas cicatrices que indudablemente nos dejaron sangrando, el intento de racionalizar una situación compleja que no se puede simplificar en gringos contra panameños, indios contra vaqueros.
El problema que tenemos con el 20 de diciembre es que a esa fecha se daban varias situaciones importantes en Panamá. Todas al mismo tiempo. Y es difícil para los autores no tomar partido por una u otra situación. Algunas terminaron de pronto con los bombardeos gringos; se cerraron, pero no acabaron con formalidad. Y lo peor: no se había terminado de recoger a los muertos, de remover los escombros, cuando muchos utilizaban estos hechos como banderas, aprovechándose políticamente de ellos. Por eso es difícil encontrar un análisis objetivo sobre la invasión de parte de los historiadores de la época. A nuestra generación, los que vivimos esa experiencia antes de la mayoría de edad (o a la que sigue), es a la que le tocará hacer esos análisis.
Por eso, cuando leemos sobre el tema nos encontramos con que unos separan a los muertos y condenan todo lo demás, aunque tengan que besar a Noriega en la boca. Otros ponen a Noriega de un lado de la balanza, solito del lado de los condenados, y se olvidan del resto (incluyendo los 20 años previos de la dictadura que teníamos entonces, la mitad del libreto con lo actuado por Noriega). Otros simplemente se olvidan de todo y hablan de una libertad que cayó del cielo, libertad que tendría valor si la hubiéramos peleado o si desde un principio no hubiéramos permitido la situación de Panamá el 20 de diciembre de 1989. Situación que, en muchas cosas, no ha cambiado; capítulo que aún no cerramos a pesar de los muertos.
Para hablar de ese día tenemos que recordar que al 20 de diciembre teníamos un Panamá (aún lo tenemos) dividido entre los que gobiernan y el resto. Un gobierno secuestrado desde el siglo XIX por gente a la que no le importa recurrir al que sea, incluso mercenarios o aprovechados extranjeros, o a lo que sea para lograr sus intereses. Un Panamá en que la mayoría de los gobernantes han estado sólo interesados en hacer dinero y le han tenido siempre verdadero terror al resto de los panameños. Así nos unimos a Colombia, nos separamos varias veces hasta la definitiva de 1903 y pasamos el siglo XX. Dinámica que sólo se interrumpió un momento durante las primeras décadas de 1900 cuando el gobierno se propuso crear un país moderno fundando instituciones educativas nacionales, archivos, sistemas, organizaciones científicas, sitios culturales, recopilando una historia, educando a gente para que educara a los más jóvenes que luego se convirtieron en la generación que entre finales de los 40 y el 64 en verdad lucharon por Panamá y obligaron al gobierno de la época a actuar a la altura.
Pero esto se acabó de pronto. En 1967 rechazamos un golazo, tres en uno, que nos iban a meter los gringos legalizando su estadía en Panamá y obteniendo permiso para hacer en el futuro lo que fuera con la excusa de la defensa del canal. A partir de entonces ocurrió lo inverso: decayeron los sistemas educativos, científicos, los archivos se dejaron a la perdición, la historia se olvidó o hasta se tergiversó, el imaginario panameño se cambió lentamente de uno de amor propio por uno de auto-menosprecio.
Pero, ¿por qué a partir de 1967? ¿Por qué decayeron de manera tan eficiente nuestros sistemas educativos, nuestra imagen de nación? ¿Será coincidencia?...
Tema para otro artículo, el asunto es que así llegó el 20 de diciembre de 1989 a un Panamá en guerra civil no declarada, con la autoestima por el suelo. Una en que un bando tenía las armas y el otro no. Y el bando armado apoyado por los mismos gringos desde 1968 hasta casi el final cuando los títeres al poder comenzaron a desobedecer a los jefes de la CIA. Esa guerra debimos evitarla los panameños o, ya avanzados los años 80, muy tarde para evitarla, debimos pelearla. Fue cuando actuaron los gringos, aprovechando la costumbre de meterse en Panamá, costumbre ilegal hasta el tratado de 1977 (mismo tratado que rechazamos en 1967) que le dio autoridad para usarnos de cartón de tiro al blanco y poner orden, un orden a conveniencia de ellos y de unos cuantos panameños.
El ciclo se repite, o quizás la ola no termina, y en este siglo XXI seguimos teniendo un Estado secuestrado por gente a la que no le importa recurrir al que sea para resolver sus problemas. Una gente que le teme al resto de los panameños (ni siquiera quieren que opinemos) y no le importa nada con tal de hacer sus marrumancias. Un Estado que además parece tener instrucciones para hundir la cultura que nos define, la educación nacional que nos debería enseñar a pensar de manera crítica, y que se enfoca en el crecimiento económico y no en el desarrollo de un país, de una Nación.
Al final me queda dando vueltas en la cabeza una interrogante ¿Fue necesaria la invasión? ¿Fue necesario ese ritual de paso para los últimos hijos del siglo XX? Creo que no. Debimos evitarla. A menos que ese golpe a nuestro amor propio hubiera servido (y no fue así) para despertar, para darnos cuenta que tenemos que desarrollar un proyecto de Nación como lo creyeron los primeros líderes de la era republicana.
Niños durante la dictadura militar que dominó por la fuerza desde 1968, crecimos apenas conscientes de lo que murmuraban nuestros padres temerosos de hablar muy alto por la amenaza de un viaje a la Modelo, a la isla de Coiba o a una casa en un barrio cualquiera de dónde sólo se salía en un saco de henequén. Nosotros no teníamos esos problemas; después de todo, éramos "los hijos predilectos de la revolución": salíamos retratados con el general de turno en grandes vallas o en los diarios nacionales, y en navidad disfrutábamos cuando la Policía Nacional cerraba las calles de la ciudad, más pueblo grande que urbe moderna, para que montáramos bicicleta con libertad.
Los más viejos de esa generación de seguro recordamos a Díaz Herrera confesando en cadena nacional de radio y televisión los delitos en los que participó desde el gobierno militar, y cómo olvidar los sangrientos crímenes que remataron una dictadura a la que la gente empezaba a retar en las calles de manera cándida con piedras, pañuelos y pailas vacías.Algo sí es seguro: hasta los menores recordamos cuando las cosas se salieron de control y, como pasó a menor escala por más de cien años, el poder más grande que la mayor cantidad de dinero del planeta puede comprar, el ejército más poderoso sobre la tierra, decidió atacarnos. Inolvidable cómo poco antes de la nochebuena nos bombardearon con toda su capacidad, nos invadieron, nos sometieron con facilidad, probaron sus fuerzas contra una ciudad convertida en blanco de práctica dizque para llevarse preso al general al poder, eso sí, criminal internacional.
Así amanecimos en 1990, en la última década del siglo XX, marcados por este ritual que ni los que eran en esa época nuestros mayores terminan de entender. Hoy, contemporáneos todos en esta segunda década del siglo XXI que iniciará pronto, creo que debemos empezar a analizarlo más críticamente, a mirarnos en el espejo con el ojo del analista objetivo.
En la bibliografía nacional hoy encontramos novelas, colecciones de cuentos, poemarios completos, ensayos, obras de teatro, testimonios. Muchos testimonios. Esto sin contar artículos politiqueros que es mejor dejar en el olvido. Entre estos libros serios prima el dolor, el lamento por unas cicatrices que indudablemente nos dejaron sangrando, el intento de racionalizar una situación compleja que no se puede simplificar en gringos contra panameños, indios contra vaqueros.
El problema que tenemos con el 20 de diciembre es que a esa fecha se daban varias situaciones importantes en Panamá. Todas al mismo tiempo. Y es difícil para los autores no tomar partido por una u otra situación. Algunas terminaron de pronto con los bombardeos gringos; se cerraron, pero no acabaron con formalidad. Y lo peor: no se había terminado de recoger a los muertos, de remover los escombros, cuando muchos utilizaban estos hechos como banderas, aprovechándose políticamente de ellos. Por eso es difícil encontrar un análisis objetivo sobre la invasión de parte de los historiadores de la época. A nuestra generación, los que vivimos esa experiencia antes de la mayoría de edad (o a la que sigue), es a la que le tocará hacer esos análisis.
Por eso, cuando leemos sobre el tema nos encontramos con que unos separan a los muertos y condenan todo lo demás, aunque tengan que besar a Noriega en la boca. Otros ponen a Noriega de un lado de la balanza, solito del lado de los condenados, y se olvidan del resto (incluyendo los 20 años previos de la dictadura que teníamos entonces, la mitad del libreto con lo actuado por Noriega). Otros simplemente se olvidan de todo y hablan de una libertad que cayó del cielo, libertad que tendría valor si la hubiéramos peleado o si desde un principio no hubiéramos permitido la situación de Panamá el 20 de diciembre de 1989. Situación que, en muchas cosas, no ha cambiado; capítulo que aún no cerramos a pesar de los muertos.
Para hablar de ese día tenemos que recordar que al 20 de diciembre teníamos un Panamá (aún lo tenemos) dividido entre los que gobiernan y el resto. Un gobierno secuestrado desde el siglo XIX por gente a la que no le importa recurrir al que sea, incluso mercenarios o aprovechados extranjeros, o a lo que sea para lograr sus intereses. Un Panamá en que la mayoría de los gobernantes han estado sólo interesados en hacer dinero y le han tenido siempre verdadero terror al resto de los panameños. Así nos unimos a Colombia, nos separamos varias veces hasta la definitiva de 1903 y pasamos el siglo XX. Dinámica que sólo se interrumpió un momento durante las primeras décadas de 1900 cuando el gobierno se propuso crear un país moderno fundando instituciones educativas nacionales, archivos, sistemas, organizaciones científicas, sitios culturales, recopilando una historia, educando a gente para que educara a los más jóvenes que luego se convirtieron en la generación que entre finales de los 40 y el 64 en verdad lucharon por Panamá y obligaron al gobierno de la época a actuar a la altura.
Pero esto se acabó de pronto. En 1967 rechazamos un golazo, tres en uno, que nos iban a meter los gringos legalizando su estadía en Panamá y obteniendo permiso para hacer en el futuro lo que fuera con la excusa de la defensa del canal. A partir de entonces ocurrió lo inverso: decayeron los sistemas educativos, científicos, los archivos se dejaron a la perdición, la historia se olvidó o hasta se tergiversó, el imaginario panameño se cambió lentamente de uno de amor propio por uno de auto-menosprecio.
Pero, ¿por qué a partir de 1967? ¿Por qué decayeron de manera tan eficiente nuestros sistemas educativos, nuestra imagen de nación? ¿Será coincidencia?...
Tema para otro artículo, el asunto es que así llegó el 20 de diciembre de 1989 a un Panamá en guerra civil no declarada, con la autoestima por el suelo. Una en que un bando tenía las armas y el otro no. Y el bando armado apoyado por los mismos gringos desde 1968 hasta casi el final cuando los títeres al poder comenzaron a desobedecer a los jefes de la CIA. Esa guerra debimos evitarla los panameños o, ya avanzados los años 80, muy tarde para evitarla, debimos pelearla. Fue cuando actuaron los gringos, aprovechando la costumbre de meterse en Panamá, costumbre ilegal hasta el tratado de 1977 (mismo tratado que rechazamos en 1967) que le dio autoridad para usarnos de cartón de tiro al blanco y poner orden, un orden a conveniencia de ellos y de unos cuantos panameños.
El ciclo se repite, o quizás la ola no termina, y en este siglo XXI seguimos teniendo un Estado secuestrado por gente a la que no le importa recurrir al que sea para resolver sus problemas. Una gente que le teme al resto de los panameños (ni siquiera quieren que opinemos) y no le importa nada con tal de hacer sus marrumancias. Un Estado que además parece tener instrucciones para hundir la cultura que nos define, la educación nacional que nos debería enseñar a pensar de manera crítica, y que se enfoca en el crecimiento económico y no en el desarrollo de un país, de una Nación.
Al final me queda dando vueltas en la cabeza una interrogante ¿Fue necesaria la invasión? ¿Fue necesario ese ritual de paso para los últimos hijos del siglo XX? Creo que no. Debimos evitarla. A menos que ese golpe a nuestro amor propio hubiera servido (y no fue así) para despertar, para darnos cuenta que tenemos que desarrollar un proyecto de Nación como lo creyeron los primeros líderes de la era republicana.
ENTREVISTA SOBRE LA INTEGRACIÓN, EL ARTE Y CENTRO AMÉRICA
Entrevista realizada el 2 de junio de 2009 por el periodista Juan José Rodríguez, corresponsal de France Presse (AFP), con motivo del encuentro regional de artistas y el lanzamiento del portal ¡Mucho Gusto! Centroamérica, parte del Programa de Apoyo a la Integración Centroamericana (PAIRCA).
Juan José Rodríguez: ¿Existe una integración cultural a nivel centroamericano? ¿Por qué?
José Luis Rodríguez Pittí: Antes de responder a tus preguntas, debemos recordar algo importantísimo: la cultura de cualquier grupo humano es la suma, dinámica, siempre cambiante, de muchas identidades culturales. Las del individuo. Las de cada persona. Identidades individuales que a su vez siempre son de diversos orígenes. Y cambiantes.
Y esto es cierto tanto en el núcleo familiar (donde sin duda podríamos hablar de la mayor homogeneidad), como en el barrio, los gremios, las provincias o regiones, los países completos y, en este caso, Centroamérica.
Así, siendo la cultura una colección diversa y siempre cambiante de identidades culturales individuales, al hablar de integración no lo hacemos de homogeneidad. De mezcla pareja. De costumbres similares. No se puede, aunque se intentara, convertir esta gran diversidad que es Centroamérica en una sola cosa. Pero sí podemos hablar de entendimiento. De aceptación. De comunicación. De valoración del aporte individual, de cada cultura, de cada grupo humano de los muchos que forman esta parte del continente.
Por otro lado, nos cuesta aceptarnos. A veces pretendemos ser otra cosa que no somos. No valoramos nuestras culturas individuales. No entendemos que todas esas etnias que conviven en el centro del continente son, en su diversa riqueza, una cultura rica que sólo existe enCentroamérica.
Sin embargo, eso está cambiando poco a poco. En las últimas dos décadas, terminado ese periodo pernicioso de guerras, invasiones y dictaduras, está surgiendo una cultura que se comunica, que empieza a aceptarse, que se busca. Los medios de comunicación modernos, sobretodo los electrónicos, nos están permitiendo conocernos más. Disfrutar de nuestra diversidad y darnos cuenta de nuestras semejanzas, que son muchísimas. Al menos entre los artistas. Y eso es importantísimo porque los artistas, cuando son verdaderos, son los que marcan las pautas.
JJR: ¿No cree que cuando se habla de integración centroamericana se le da más importancia al tema económico o comercial que a otros como la integración cultural?
JLRP: Sí. Y es lamentable.
José Luis Rodríguez Pittí: Antes de responder a tus preguntas, debemos recordar algo importantísimo: la cultura de cualquier grupo humano es la suma, dinámica, siempre cambiante, de muchas identidades culturales. Las del individuo. Las de cada persona. Identidades individuales que a su vez siempre son de diversos orígenes. Y cambiantes.
Y esto es cierto tanto en el núcleo familiar (donde sin duda podríamos hablar de la mayor homogeneidad), como en el barrio, los gremios, las provincias o regiones, los países completos y, en este caso, Centroamérica.
Así, siendo la cultura una colección diversa y siempre cambiante de identidades culturales individuales, al hablar de integración no lo hacemos de homogeneidad. De mezcla pareja. De costumbres similares. No se puede, aunque se intentara, convertir esta gran diversidad que es Centroamérica en una sola cosa. Pero sí podemos hablar de entendimiento. De aceptación. De comunicación. De valoración del aporte individual, de cada cultura, de cada grupo humano de los muchos que forman esta parte del continente.
Dependiendo de la región dentro de Centroamérica, existe desconocimiento mutuo (y a veces falta de aceptación, incluso entre miembros de los mismos países). Las fronteras, las guerras de décadas pasadas, los costos relativamente altos para viajar entre países, e incluso entre regiones aisladas unas de las otras han dificultado nuestras relaciones.
Por otro lado, nos cuesta aceptarnos. A veces pretendemos ser otra cosa que no somos. No valoramos nuestras culturas individuales. No entendemos que todas esas etnias que conviven en el centro del continente son, en su diversa riqueza, una cultura rica que sólo existe enCentroamérica.
Sin embargo, eso está cambiando poco a poco. En las últimas dos décadas, terminado ese periodo pernicioso de guerras, invasiones y dictaduras, está surgiendo una cultura que se comunica, que empieza a aceptarse, que se busca. Los medios de comunicación modernos, sobretodo los electrónicos, nos están permitiendo conocernos más. Disfrutar de nuestra diversidad y darnos cuenta de nuestras semejanzas, que son muchísimas. Al menos entre los artistas. Y eso es importantísimo porque los artistas, cuando son verdaderos, son los que marcan las pautas.
JJR: ¿No cree que cuando se habla de integración centroamericana se le da más importancia al tema económico o comercial que a otros como la integración cultural?
JLRP: Sí. Y es lamentable.
La Organización de las Naciones Unidas considera que la cultura es necesaria para lograr algunos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, como la reducción de la pobreza y el desarrollo sostenible. Sin embargo, los gobernantes, los medios, la mayoría del público no lo entiende así y ve la cultura como algo cosmético o accesorio. Sin embargo, más allá de un instrumento para el progreso material, la cultura es el fin y el objetivo del verdadero desarrollo. Sino lo entendemos así, la llamada integración centroamericana sólo traerá buenos negocios pasajeros y no un verdadero desarrollo económico.
JJR: ¿Cree que hay una verdadera identidad centroamericana como para integrarse culturalmente?
JJR: ¿Cree que hay una verdadera identidad centroamericana como para integrarse culturalmente?
JLRP: Aún con la gran diversidad que nos enriquece, tenemos raíces comunes. Nuestros países, paso obligado entre el sur y el norte de América, recibieron lo mejor de las culturas precolombinas más importantes y prósperas. Luego recibieron la influencia de los mismos europeos y, en menor medida, aunque no menos importante, la de los grupos africanos. Los puntos comunes son más importantes que las diferencias.
JJR: ¿Por qué es necesaria a su entender una integración cultural en centroamérica?
JLRP: Como te decía en una respuesta anterior, la cultura es el fin y el objetivo del verdadero desarrollo. Sin una verdadera integración cultural, cualquier esfuerzo que se haga en Centroamérica o cualquier región del mundo sólo traerá buenos negocios pasajeros y no un verdadero desarrollo económico.
JJR: ¿Cuáles son los campos de la cultura (cine, música, teatro, otros, que más puede explotar Centroamérica como región?
JJR: ¿Por qué es necesaria a su entender una integración cultural en centroamérica?
JLRP: Como te decía en una respuesta anterior, la cultura es el fin y el objetivo del verdadero desarrollo. Sin una verdadera integración cultural, cualquier esfuerzo que se haga en Centroamérica o cualquier región del mundo sólo traerá buenos negocios pasajeros y no un verdadero desarrollo económico.
JJR: ¿Cuáles son los campos de la cultura (cine, música, teatro, otros, que más puede explotar Centroamérica como región?
JLRP: Centroamérica tiene una gran riqueza en lo que se refiere al teatro, la poesía y la narrativa, la música, la pintura y la gastronomía. Con más apoyo, podría desarrollar el cine, aún incipiente, y otras manifestaciones artísticas que requieren de grandes inversiones. Sin embargo, hay problemas tan básicos, como la dificultad para que el libro circule, por poner un ejemplo concreto de muchos, que deben ser resueltos si queremos desarrollar más nuestras manifestaciones artísticas a nivel regional. Debemos aprovechar que somos cuarenta millones de personas con un idioma y una cultura muy similar.
JJR: ¿en qué campos estamos más avanzados y en cuáles más atrasados?
JLRP: En lo cultural, estamos más avanzados en lo privado. Existen gestiones formales con objetivos de alcance regional, como el llamado que hizo la Asociación de Escritores de Panamá en 2005 para formar la Federación de Escritores Centroamericanos. Sin embargo, se encontró desde sus inicios con problemas para su fundación por las diferencias en las leyes de cada país. Al final, devino en una organización informal.
Por otro lado, existen gestiones informales o privadas de alcance más local. En esta categoría debemos incluir los festivales, bienales y otras convocatorias que siento que tienen un éxito, quizás aún sin proponérselo, en el asunto de la integración cultural de la región.
En fin, queda mucho por hacer.
JJR: ¿Están los países verdaderamente involucrados en la cultura cuando muchos no tienen ni propiamente un Ministerio de Cultura? ¿Se conoce el presupuesto regional para cultura? ¿Hay alguna cifra?
JLRP: Te puedo hablar por Panamá. En este momento tenemos un Instituto Nacional de Cultura, el representante del gobierno ante los artistas, creadores y gestores culturales, que funciona con un presupuesto de subsistencia. Pero los gobernantes parecen no entender lo que la ONU, como te comenté en una respuesta anterior, tiene muy claro: la cultura es necesaria para lograr algunos objetivos de desarrollo que debería ser los más importantes de cualquier nación. (Para tratar que entiendan eso, hemos tenido una lucha constante; el ejemplo más reciente es la carta que le enviamos a los candidatos a presidentes, que puedes leer [[AQUÍ]] y el foro que tendremos a finales de junio al que te invito desde ya.)
JJR: ¿en qué campos estamos más avanzados y en cuáles más atrasados?
JLRP: En lo cultural, estamos más avanzados en lo privado. Existen gestiones formales con objetivos de alcance regional, como el llamado que hizo la Asociación de Escritores de Panamá en 2005 para formar la Federación de Escritores Centroamericanos. Sin embargo, se encontró desde sus inicios con problemas para su fundación por las diferencias en las leyes de cada país. Al final, devino en una organización informal.
Por otro lado, existen gestiones informales o privadas de alcance más local. En esta categoría debemos incluir los festivales, bienales y otras convocatorias que siento que tienen un éxito, quizás aún sin proponérselo, en el asunto de la integración cultural de la región.
En fin, queda mucho por hacer.
JJR: ¿Están los países verdaderamente involucrados en la cultura cuando muchos no tienen ni propiamente un Ministerio de Cultura? ¿Se conoce el presupuesto regional para cultura? ¿Hay alguna cifra?
JLRP: Te puedo hablar por Panamá. En este momento tenemos un Instituto Nacional de Cultura, el representante del gobierno ante los artistas, creadores y gestores culturales, que funciona con un presupuesto de subsistencia. Pero los gobernantes parecen no entender lo que la ONU, como te comenté en una respuesta anterior, tiene muy claro: la cultura es necesaria para lograr algunos objetivos de desarrollo que debería ser los más importantes de cualquier nación. (Para tratar que entiendan eso, hemos tenido una lucha constante; el ejemplo más reciente es la carta que le enviamos a los candidatos a presidentes, que puedes leer [[AQUÍ]] y el foro que tendremos a finales de junio al que te invito desde ya.)
ARTÍCULO EN LA PRENSA SOBRE LA LECTURA

Rella Rosenshain: ¿Qué está leyendo actualmente? ¿De qué trata esta obra? ¿Qué es lo que más le apasiona de ella y con lo que lo identifica?
José Luis Rodríguez Pittí: Para mí, como lector devorador, es un poco difícil responder a esta pregunta. Son demasiadas obras, incluyendo las que estoy escribiendo, o aquellos libros ajenos a los que escribo un prólogo o una reseña. Empezaré con el último que llegó a mis manos, antes de empezar a responder estas preguntas es “El cuerpo y la letra”, antología poética que la Academia Norteamericana de la Lengua Española hizo de la poesía de mi amigo Luis Alberto Ambroggio y que ya empezé a revisar. Leo también, de forma intercalada, los 32 libros que forman parte de la Biblioteca de la Nacionalidad y que descubrí casi por accidente en el sitio de la Biblioteca Nacional en la internet. De esos, anoche leí parte de “Panamá indígena” de Reina Torres de Araúz y el “Compendio de historia de Panamá” de Juan Sosa y Enrique Arce. Cuando descubrí la colección hace unas semanas, me devoré “Tradiciones y cantares de Panamá” de Narciso Garay, interesantísima obra que recomiendo a todo panameño. En carnavales leí “Los magos del crepúsculo” poemario de mi amigo Wynston González, “El viaje del elefante” de José Saramago, una deuda que tenía pendiente con este autor que nunca ha logrado fascinarme, y “Monalisa Overdrive”, novela cyberpunk de William Gibson. No menos importante, a las que les estoy haciendo el prólogo, magníficas obras son los poemarios “De sueños, vigilias y trance” de Edilberto González Trejos y “Cómicas de Berlín” de A. Morales Cruz. Por supuesto, como es mi costumbre, siempre regreso a “El hacedor” de Jorge Luis Borges, o a “Árbol adentro” de Octavio Paz o a alguno de los libros de Stanislaw Lem o Philip K. Dick que siempre tengo a mano, y que nunca dejo de disfrutar.
R.R.: ¿Qué otro libro ha leído que a la fecha recomendaría con los ojos cerrados? ¿De qué trata y por qué?
JLRP: Depende del lector. A los padres de los más pequeños, les recomendaría leer a sus hijos algunos de los cuentos de Dr. Seuss, de los cuales mi favorito es “El lorax”. A los más grandes no los dejaría pasar sin ofrecerles un libro ilustrado de Neil Gaiman y los dos libros de Alicia de Lewis Carroll. Y a los lectores experimentados les diría que lean a Jorge Luis Borges, a Milán Kundera o a Artur C. Clark. Nadie debe pasar por la vida sin haber leído, además, a Stevenson, a Hugo, a Kafka y a Poe.
R.R.: ¿Qué significado tiene para la literatura? Así mismo, ¿el arte? ¿Para qué sirven?
JLRP: La literatura y todo arte sirven para definirnos. Para descubrirnos y encontrarnos. Para maravillarnos. Para identificarnos como parte de algo más grande que es la humanidad. Es el fenómeno natural, como lo es toda obra humana, que más nos asombra pues es el que se produce en nuestra mente, luego de procesar de alguna manera misteriosa todo lo que nos entra por los sentidos. Como sociedad, la literatura es importantísima. Tanto que no empezamos a desarrollarnos, hace varios cientos de años, en lo que hoy definimos como sociedad humana, hasta que no empezamos a contar historias, a narrar las hazañas en la caza, a recordar a los antepasados. En la literatura está nuestra humanidad.
R.R.: ¿Qué es lo más disfruta al momento de leer, y lo más que incomoda al hacerlo? ¿Cómo es un "mal" libro para ti?
JLRP: Depende de lo que leo, de la poesía disfruto mucho el buen uso del lenguaje, por el ritmo, por la ingeniosa metáfora y los símbolos. De la prosa, lo sorprendente de las tramas, el ingenio de los desenlaces, el suspenso contenido de una buena historia.
Un mal libro es el que no tiene estos elementos, aunque sea en parte de la obra. Pero, sobretodo, es el que no reta a nuestra inteligencia.
No hay nada que me incomode al leer, excepto tener que detenerme, ser interrumpido. El tiempo que siempre es poco.
R.R.: ¿Qué géneros lo enamoran? ¿Por qué?
JLRP: Me gusta leer. Los géneros son irrelevantes. De la poesía, me gusta su belleza, su estética, de la narrativa lo sorprendente, las tramas. Y en esto es irrelevante también si es una obra de ficción o la historia, rigurosamente contada.
R.R.: ¿Cómo se describe a sí mismo como lector? (¿Ordenado, complicado, exigente? etc.)
JLRP: Soy un lector voraz, desordenado, apasionado, insaciable y desesperado por lo corta que es la vida y lo mucho que hay por disfrutar de un universo en el cual la literatura es sólo uno de los tantos fenómenos asombrosos de los que podemos disfrutar.
R.R.: ¿Qué necesita encontrar en un libro para sentirse cautivado por él?
JLRP: Es algo indefinible, esa convergencia entre la estética de la palabra, la poesía, y la magia de los mundos inventados, las situaciones, la narrativa.
R.R.: ¿Qué autor nacional e internacional prefiere y por qué?
JLRP: ¿Cómo mencionar a Borges como "autor favorito" e ignorar a Jobim, Chopin, Kubrick, Monet o Sebastião Salgado? Todo arte es importante y en cada uno tengo autores preferidos. Pero, ateniéndome a la literatura, los fundamentales son: Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Ernesto Sábato, Umberto Eco, Franz Kafka, Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson, Isaac Asimov, Milan Kundera, Victor Hugo, Stanislaw Lem, Philip K. Dick, Thomas Pynchon, Paul Auster, Toni Morrison, Salman Rushdie, Walt Whitman, Matsuo Basho, Ryonosuke Akutagawa, Yukio Mishima, Arthur C. Clark, Mark Twain, Ernest Hemingway. De los nacionales, tengo mis autores contemporáneos favoritos, pero en mi posición de actual Presidente de la Asociación de Escritores de Panamá no puedo hablarte en esta entrevista de ellos. De los ya fallecidos, me encanta la obra de José María Sánchez, los cuentos poco conocidos de Ricardo Miró y el trabajo de Mario Augusto Rodríguez, autores que me influyeron hondamente.
R.R.: Háblame un poquito de ti. Desempeño actual, estudios, intereses.
JLRP: Escritor, fotógrafo, promotor cultural, autor de "Sueños" (Premio “Dario Herrera” 1994 de la Universidad de Panamá), "Crónica de invisibles" (1999), "Sueños urbanos" (2008) y el ensayo fotográfico "Cuadernos de Azuero".
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Entrevista en la que se basó el artículo de Rella Rosenshain publicado por el Diario La Prensa, "¿Qué está leyendo José Luis Rodríguez Pittí?".
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Recordando a Mahalia Jackson en Navidad

La voz de Mahalia surge desde las navidades de mi infancia. Llega con las primeras brisas del verano fresco; con el olor del ron ponche espeso, coctel fascinante, prohibido en ese entonces, anhelado; con el sabor inefable del arroz con pollo perfecto de mi madre y una puerca asada lentamente, previo marinado en un elixir especial creado con naranjas agrias y otras sustancias indicadas en la receta antigua preservada por mis antepasadas; con la visión de un pesebre centenario de figuritas de yeso pintadas a mano y animales fantásticos que el tiempo fue agregando, olvidados por generaciones de niños: paisaje pastoril con iluminación technicolor, bajo un cielo de témpera con una estrella de lentejuelas. En ese ambiente, la voz mística y poderosa de esa mujer superdotada, cantando al Niño con humildad contagiosa, completaba esa celebración anual de cumpleaños para la que mi familia se reunía, momento de unión y paz.
Pero la infancia de Mahalia fue muy diferente. Nació en 1911 con el nombre de Mahala, en New Orleans, Luisiana, en un barrio miserable de una zona conocida como "Black Pearl". Hija de un reverendo que antes había sido barbero y trabajador de puerto, creció con su madre, en una pequeña casa que compartía con varias tías, el patriarca abuelo de la familia, primero esclavo, luego predicador, primos y hermanos que la conocían como "Halie". De cuatro años quedó huérfana de madre, y de su crianza se encargó una tía muy severa que todos conocían como "Duke" y que no dudaba en utilizar el fuete para corregir a la pequeña niña. No tuvo la oportunidad de asistir a la escuela, pero sí a la Iglesia Bautista de Monte Moriah, donde alababa con su canto a Dios. Lo hacía tan bien, que una de sus tías le dijo que su voz la llevaría un día a cantarle a la realeza.
Con éste y otros sueños, sin dinero ni un oficio, a los 16 años se aventuró hacia el norte de los Estados Unidos, específicamente hacia Chicago, en esa migración multitudinaria que entre la segunda y tercera década del siglo XX llevó al norte a millones que huían del racismo sureño y buscaban mejores trabajos y oportunidades de educación para sus hijos. Muchos, como Mahala, no lo sabían, pero llevaban consigo una riqueza invaluable: una cultura musical única en el planeta tierra, recién desarrollada en esa encrucijada que es el delta del Mississipi, en el que convergieron África, Europa y América.
Dicen que en la primera misa en la que participó en Chicago, y como solía hacer en su ciudad natal, cantó e inmediatamente fue invitada a unirse al coro. Pronto empezó a recorrer la ciudad, cantando música sagrada de iglesia en iglesia, y en funerales. Gracias a estos recorridos, en 1929, conoció al compositor Thomas A. Dorsey, justo en la época en que había decidido abandonar la música secular para dedicarse a lo que él mismo llamaría por primera vez "gospel". A la jovencita Mahala la ayudó en su preparación musical y compuso para ella piezas que se hicieron famosas, la más conocida "Take My Hand, Precious Lord", que años después Marthin Luther King nombraría como su predilecta.
En este principio de la década de los 30 Mahala decide agregar la "i" a su nombre, y se convierte en la legendaria Mahalia Jackson, la "reina del gospel".
En 1931 grabó su primer sencillo, "You Better Run, Run, Run" del cual no se conserva copia. Seis años después se unió a Decca Records, que le publicó, sin éxito, media docena de sencillos. En 1947 firmó con Apollo Records, una casa disquera de New York hoy desaparecida, con quienes grabó casi 100 sencillos, entre estos su primer gran éxito, "Move On Up A Little Higher" (1947), del que se vendieron ocho millones de copias. Con ellos también grabó "Let the Power of the Holy Ghost Fall on Me" (que ganó el Grand Prix du Disque en Francia), "Silent Night, O Holy Night" (éxito de venta en los países escandinavos), con lo que su voz llegó a Europa.
Ya para entonces Mahalia se presentaba en más salas de concierto que en iglesias, y en 1950 fue la primera cantante de gospel en hacerlo en el Carnegie Hall de Nueva York. En 1952 recorrió Europa donde fue recibida por una crítica que la alababa, llamándola "ángel de paz" en Paris y "la mejor cantante de gospel" en el resto del continente.
En 1954, tras numerosos problemas con la administración de Apollo, Mahalia decide unirse a Columbia Records con quien grabó "The World's Greatest Gospel Singer", el primero de los más de 30 álbumes que hizo en su vida. Lo más importante de su relación con esta disquera, además de las grabaciones, fue que la promovieron fuera del mercado de la música religiosa en el que la tenía encasillada Apollo.
Esto la llevó, a aparecer en 1958 en la película "St. Louis Blues" (basada en la vida del músico W.C. Handy) y un año después cantando "Trouble of the World", con una pasión que hace llorar de emoción al espectador más duro, en el desenlace final de la película "Imitation of Life".
En 1963 participó en la famosa manifestación realizada al pie del monumento a Lincoln en Washington, en la que Martín Luther King pronunció su famoso discurso "I have a dream". Ese día, Mahalia interpretó "I've Been 'Buked, and I've Been Scorned" con lo que su voz, espiritual y poderosa quedó para siempre ligada al movimiento por los derechos civiles de los Estados Unidos.
Durante los años sesenta Mahalia regresó varias veces a Europa, cantó en Liberia, en varias islas del Caribe, en Japón y en la India. Las palabras de su tía se convirtieron en profecía cumplida: Mahalia Jackson, la niñita que cantaba en la iglesia bautista del Monte Moria en New Orleáns, se presentó varias veces ante la realeza.
Pero Mahalia nunca dejo de ser esa mujer humilde y temerosa de Dios que llegó a Chicago a los dieciséis años. Toda la vida se negó a cantar música secular. Así que, mientras el gospel se convertía en Rock´n Roll, fiel a su devoción Mahalia continuaba cantándole exclusivamente a Dios con fervor, entrega y generosidad.
Generosidad que le ofreció también a los demás: parte de la fortuna que obtuvo con la fama la dedicó a ayudar a jóvenes a pagar sus estudios universitarios a través de una fundación que inició con tal fin. También, ayudó personalmente a varias cantantes, como Dorothy Norwood, Albertina Walker, Della Reese, y fue mentora de la "reina de soul", Aretha Franklin, en cuya casa pasaba largas horas.
Su último álbum, "What The World Needs Now", apareció en 1969. Su último concierto fue en Alemania, en 1971.
El 27 de enero de 1972 murió en Chicago de complicaciones propias de la diabetes. Mahalia pidió ser enterrada en su natal New Orleáns, pero fue imposible cumplirle el otro deseo de una ceremonia sencilla. Primero en Chicago, donde la despidieron famosos como Ella Fitzgerald, Sammy Davis, Jr. y Aretha Franklin, que cantó para ella "Take My Hand, Precious Lord", luego en Luisiana, donde las multitudes de ricos y pobres se alinearon en las calles para verla pasar, mientras las bandas tradicionales se tomaban la ciudad para despedirse de ella.
Mahalia Jackson fue una de las voces más privilegiadas del siglo XX, la mejor entre las cantantes de gospel, la más inspirada, la más pura, la más apasionada, la más devota. Mientras escribo esta nota la escucho nuevamente cantar con potencia, con una voz hermosa y natural que en ella parte, no del corazón, sino del espíritu humano emanado de Dios, que ansía regresar a su origen. Eso es lo que se siente. Gracias a Youtube ahora podemos verla en sus últimos años caminando por las calles de Chicago: una mujer superdotada, pero humilde como la niña que alguna vez limpió casas y planchó ropa para sobrevivir. Una mujer realizada por una vida dedicada a lo único que amó.
Hoy regresa la temporada navideña con esa voz de Mahalia que surge del pasado cantando con amor "What Child Is This?", "It Came Upon a Midnight Clear", "O Holy Night" o ese curioso villancico "Happy Birthday to You, Our Lord" que en un nuevo ciclo anual espero escuchar y admirar con humildad y fe en compañía de los que amo.
JLRodríguezPittí, D.R. (C) 2008.
Pero la infancia de Mahalia fue muy diferente. Nació en 1911 con el nombre de Mahala, en New Orleans, Luisiana, en un barrio miserable de una zona conocida como "Black Pearl". Hija de un reverendo que antes había sido barbero y trabajador de puerto, creció con su madre, en una pequeña casa que compartía con varias tías, el patriarca abuelo de la familia, primero esclavo, luego predicador, primos y hermanos que la conocían como "Halie". De cuatro años quedó huérfana de madre, y de su crianza se encargó una tía muy severa que todos conocían como "Duke" y que no dudaba en utilizar el fuete para corregir a la pequeña niña. No tuvo la oportunidad de asistir a la escuela, pero sí a la Iglesia Bautista de Monte Moriah, donde alababa con su canto a Dios. Lo hacía tan bien, que una de sus tías le dijo que su voz la llevaría un día a cantarle a la realeza.
Con éste y otros sueños, sin dinero ni un oficio, a los 16 años se aventuró hacia el norte de los Estados Unidos, específicamente hacia Chicago, en esa migración multitudinaria que entre la segunda y tercera década del siglo XX llevó al norte a millones que huían del racismo sureño y buscaban mejores trabajos y oportunidades de educación para sus hijos. Muchos, como Mahala, no lo sabían, pero llevaban consigo una riqueza invaluable: una cultura musical única en el planeta tierra, recién desarrollada en esa encrucijada que es el delta del Mississipi, en el que convergieron África, Europa y América.
Dicen que en la primera misa en la que participó en Chicago, y como solía hacer en su ciudad natal, cantó e inmediatamente fue invitada a unirse al coro. Pronto empezó a recorrer la ciudad, cantando música sagrada de iglesia en iglesia, y en funerales. Gracias a estos recorridos, en 1929, conoció al compositor Thomas A. Dorsey, justo en la época en que había decidido abandonar la música secular para dedicarse a lo que él mismo llamaría por primera vez "gospel". A la jovencita Mahala la ayudó en su preparación musical y compuso para ella piezas que se hicieron famosas, la más conocida "Take My Hand, Precious Lord", que años después Marthin Luther King nombraría como su predilecta.
En este principio de la década de los 30 Mahala decide agregar la "i" a su nombre, y se convierte en la legendaria Mahalia Jackson, la "reina del gospel".
En 1931 grabó su primer sencillo, "You Better Run, Run, Run" del cual no se conserva copia. Seis años después se unió a Decca Records, que le publicó, sin éxito, media docena de sencillos. En 1947 firmó con Apollo Records, una casa disquera de New York hoy desaparecida, con quienes grabó casi 100 sencillos, entre estos su primer gran éxito, "Move On Up A Little Higher" (1947), del que se vendieron ocho millones de copias. Con ellos también grabó "Let the Power of the Holy Ghost Fall on Me" (que ganó el Grand Prix du Disque en Francia), "Silent Night, O Holy Night" (éxito de venta en los países escandinavos), con lo que su voz llegó a Europa.
Ya para entonces Mahalia se presentaba en más salas de concierto que en iglesias, y en 1950 fue la primera cantante de gospel en hacerlo en el Carnegie Hall de Nueva York. En 1952 recorrió Europa donde fue recibida por una crítica que la alababa, llamándola "ángel de paz" en Paris y "la mejor cantante de gospel" en el resto del continente.
En 1954, tras numerosos problemas con la administración de Apollo, Mahalia decide unirse a Columbia Records con quien grabó "The World's Greatest Gospel Singer", el primero de los más de 30 álbumes que hizo en su vida. Lo más importante de su relación con esta disquera, además de las grabaciones, fue que la promovieron fuera del mercado de la música religiosa en el que la tenía encasillada Apollo.
Esto la llevó, a aparecer en 1958 en la película "St. Louis Blues" (basada en la vida del músico W.C. Handy) y un año después cantando "Trouble of the World", con una pasión que hace llorar de emoción al espectador más duro, en el desenlace final de la película "Imitation of Life".
En 1963 participó en la famosa manifestación realizada al pie del monumento a Lincoln en Washington, en la que Martín Luther King pronunció su famoso discurso "I have a dream". Ese día, Mahalia interpretó "I've Been 'Buked, and I've Been Scorned" con lo que su voz, espiritual y poderosa quedó para siempre ligada al movimiento por los derechos civiles de los Estados Unidos.
Durante los años sesenta Mahalia regresó varias veces a Europa, cantó en Liberia, en varias islas del Caribe, en Japón y en la India. Las palabras de su tía se convirtieron en profecía cumplida: Mahalia Jackson, la niñita que cantaba en la iglesia bautista del Monte Moria en New Orleáns, se presentó varias veces ante la realeza.
Pero Mahalia nunca dejo de ser esa mujer humilde y temerosa de Dios que llegó a Chicago a los dieciséis años. Toda la vida se negó a cantar música secular. Así que, mientras el gospel se convertía en Rock´n Roll, fiel a su devoción Mahalia continuaba cantándole exclusivamente a Dios con fervor, entrega y generosidad.
Generosidad que le ofreció también a los demás: parte de la fortuna que obtuvo con la fama la dedicó a ayudar a jóvenes a pagar sus estudios universitarios a través de una fundación que inició con tal fin. También, ayudó personalmente a varias cantantes, como Dorothy Norwood, Albertina Walker, Della Reese, y fue mentora de la "reina de soul", Aretha Franklin, en cuya casa pasaba largas horas.
Su último álbum, "What The World Needs Now", apareció en 1969. Su último concierto fue en Alemania, en 1971.
El 27 de enero de 1972 murió en Chicago de complicaciones propias de la diabetes. Mahalia pidió ser enterrada en su natal New Orleáns, pero fue imposible cumplirle el otro deseo de una ceremonia sencilla. Primero en Chicago, donde la despidieron famosos como Ella Fitzgerald, Sammy Davis, Jr. y Aretha Franklin, que cantó para ella "Take My Hand, Precious Lord", luego en Luisiana, donde las multitudes de ricos y pobres se alinearon en las calles para verla pasar, mientras las bandas tradicionales se tomaban la ciudad para despedirse de ella.
Mahalia Jackson fue una de las voces más privilegiadas del siglo XX, la mejor entre las cantantes de gospel, la más inspirada, la más pura, la más apasionada, la más devota. Mientras escribo esta nota la escucho nuevamente cantar con potencia, con una voz hermosa y natural que en ella parte, no del corazón, sino del espíritu humano emanado de Dios, que ansía regresar a su origen. Eso es lo que se siente. Gracias a Youtube ahora podemos verla en sus últimos años caminando por las calles de Chicago: una mujer superdotada, pero humilde como la niña que alguna vez limpió casas y planchó ropa para sobrevivir. Una mujer realizada por una vida dedicada a lo único que amó.
Hoy regresa la temporada navideña con esa voz de Mahalia que surge del pasado cantando con amor "What Child Is This?", "It Came Upon a Midnight Clear", "O Holy Night" o ese curioso villancico "Happy Birthday to You, Our Lord" que en un nuevo ciclo anual espero escuchar y admirar con humildad y fe en compañía de los que amo.
JLRodríguezPittí, D.R. (C) 2008.
SOBRE "SUEÑOS URBANOS" DE JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ PITTÍ
(...)
Integrada por 24 cuentos (y por un emotivo texto autobiográfico inicial, alusivo a sus recorridos por la ciudad de Panamá con su abuelo), de los cuales 9 formaron parte de su libro anterior, la reciente aparición de Sueños urbanos —que por tanto aporta 15 nuevos cuentos— sin duda pone de manifiesto la sutil y poética manera en que el autor juega con elementos ficcionales como lo son la Virtualidad y la Realidad, inexorablemente derivados filosófica y conceptualmente de conceptos caros al arte en general, como lo son la Imaginación y la Memoria (Experiencia), en un constante juego de malabarismos narrativos que Rodríguez Pittí se toma muy en serio. En la mayoría de sus cuentos se nota una hibridación gradual de diversos aspectos de la literatura que tradicionalmente existen por separado o de forma secuencial: lo narrativo y lo lírico; lo testimonial y lo intuitivo; la vigilia y el sueño; lo lúdico y lo romántico.
Además, no pocas de estas ficciones breves nos comunican una sensación cinematográfica en la que es difícil separar el tiempo del espacio; el pasado del presente y del futuro; y a otro nivel: la fábula del relato y la crónica de la introspección. Y detrás de las historias que leemos, pululan (aletean, reptan) otras historias que no vemos, que no sabemos, pero que de algún modo se presienten como hálitos difusos que sobreviven a su propio encantamiento. Y más atrás aún, oculta, firme, la mano (la mente, la singular creatividad) diestra de un escritor que conoce al dedillo su oficio, que le saca partido, que con su maestría narrativa nos engancha y nos seduce como prestidigitador que articula y desliza en silencio variados pases de magia.
El cuento, ya se sabe pero es menester repetirlo, es un género proteico, multiforme, dúctil, a ratos escurridizo, si bien suele presentar ciertos rasgos definitorios que lo identifican y lo separan de sus congéneres literarios: brevedad, concisión, economía anecdótica y de recursos narrativos, y por supuesto el hecho ancestral de contar siempre una historia que se quiere interesante y amena, en voz de un cierto narrador (o varios), desde un cierto punto de vista y en un cierto tono, con determinada intencionalidad que casi siempre implica el logro de un solo efecto o impresión en el lector, procurando mantener la atención de éste desde la primera frase hasta la última, y a veces buscando sorprenderlo.
Asimismo, un buen cuento, debido a su ficcionalidad intrínseca y a su carácter eminentemente narrativo y secuencial, avanza la acción progresivamente y de manera dosificada, si bien puede haber ráfagas insólitas de creatividad imparable o inauditos golpes de efecto. Y hay cuentos —los menos— que por su magia —producto del oficio del autor—, parecen nacidos del aire, y dan la impresión de contarse a sí mismos. De una u otra forma prácticamente todos los cuentos que componen Sueños urbanos despliegan algunas de estas características, a menudo sin que el lector desprevenido o poco ilustrado en materia literaria lo note, lo cual es bueno. Y lo es porque significa, lógicamente, que Rodríguez Pittí, como un demiurgo modesto, sabe los trucos del oficio y les saca provecho sin ostentación alguna y sin estridencias. No es poca cosa, y mucho menos es un don del que gocen todos los escritores panameños de reciente data.
Quien escribe ficciones busca, paradójicamente, verdades ocultas. Y si lo hace bien, a veces logra encontrarlas. Porque hay un lado oscuro del ser humano, de la vida, que a su vez se descompone en numerosas aristas que representan contrasentidos, traumas, contradicciones, fobias; en fin, enigmas. Enigmas que, para un artista —todo auténtico escritor lo es—, concitan desafíos. El desafío de indagar a través de la escritura, de auscultar, de calar hondo con su talento buscando lo raizal, la entraña misma, el meollo. Eso que llaman, a veces en sentido negativo, "tocar fondo"; aunque hacerlo también tiene su lado positivo para quien crea. No siempre lo consigue, claro. Pero la intuición, cuando es potente, ayuda; también la memoria de la experiencia acumulada, y por supuesto la imaginación, esa célebre "loca de la casa" que en los buenos escritores nunca descansa; y también, lo dije antes: el dominio del oficio.
José Luis Rodríguez Pittí posee todas estas cualidades en grado sumo; y para colmo de bienes, es un gran lector. Eso también se nota en este su segundo libro que en buena hora arriba a nuestro entorno. Un vasto repertorio de autores clásicos y modernos alimenta su creatividad. Porque, hay que decirlo, Sueños urbanos, además de aludir a paisajes literalmente citadinos, en ciertos cuentos más bien bucea por los difíciles mapas interiores, los del alma, esos que la angustia y el temor, pero también nuestra voluntad de soñar y de algún día ser felices constantemente permean y nutren. Como lo han hecho siempre los grandes autores en sus cuentos y novelas, cada quien a su modo.
Entre los cuentos que vienen de Crónica de invisibles y, como quien no quiere la cosa, ahora se instalan cómodamente en Sueños urbanos, para mi gusto sobresalen: "El incidente del cinematógrafo", "Crónica de invisibles", "Piel de tigre", "El pintor callejero" —uno de los más extensos de un libro formado por textos breves— y "Sueños". En éstos hay contenido social y una fuerte disposición ficcional. De entre los nuevos, destaco: "Santuario", "Film noir", "Selva y hombre" (a mi entender, un gran cuento por su capacidad fabuladora, y por la riqueza del lenguaje, amplio, variado y cromático), "Muñequita" y "Sueño de primavera". El autor es 100% creador en cada uno de ellos.
Habrá que ponerle más atención a este polifacético cuentista que se toma su tiempo para escribir: estudiar su obra, difundirla, darle su lugar entre los mejores narradores de las nuevas hornadas, motivarlo a continuar creando. Es justo y necesario.
Panamá, 15 de octubre de 2008
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Fragmento del prólogo escrito por Enrique Jaramillo Levi para la segunda edición de "Sueños urbanos" (Panamá, 2008) de José Luis Rodríguez Pittí.
DATOS BIOGRÁFICOS
José Luis Rodríguez Pittí es escritor, fotógrafo, gestor cultural, editor e ingeniero panameño. Nacido en 1971 en la ciudad de Panamá, en brazos se trasladó con su familia al Distrito Federal de México donde pasó parte de su infancia. De regreso a su país natal, vivió unos años en Santiago de Veraguas y posteriormente en la ciudad de Panamá, donde reside actualmente.
Es autor de "Crónica de Invisibles" (Panamá, 1999) y "Sueños urbanos" (Panamá, 2008) y trabajos suyos han sido seleccionados para varias antologías que se han publicado en Panamá y Bogotá. Ganador en 1994 del Premio "Darío Herrera" que la Universidad de Panamá le otorgó por su libro "Sueños". Ha ganado también menciones y accésit en concursos de literatura tales como el "Signos de Joven Literatura 1993", el "José María Sánchez 1998", el "Amadis de Gaula 1999" y el "Maga de Cuento Breve 2001".
Cofundador y codirector de la Fundación El Hacedor que, entre otras actividades, organiza en Panamá el Festival Internacional de Arte y Literatura de San Francisco de la Montaña, punto de encuentro de artistas plásticos, músicos, poetas y narradores en el corazón geográfico del istmo de Panamá y en los últimos cuatro años ha sido responsable de la organización de recitales poéticos, encuentros de escritores, talleres, congresos de literatura, cafés literarios, conversatorios, happenings, conferencias, exhibiciones y otras actividades culturales en Panamá. En 2004 acompañó a varios colegas a fundar la Asociación de Escritores de Panamá de la que fue su presidente entre 2008 y 2010.
Fotógrafo documental y diseñador gráfico, es autor de los ensayos fotográficos "Panamá blues", "Cuadernos de Azuero", "De diablos, diablicos y otros seres de la mitología panameña", "El camino de la cruz" y "Reggae Child". Ha participado en la edición y diseño de más de 60 libros de autores panameños y en la edición de la revista electrónica miniTEXTOS.
Egresado de la Universidad Tecnológica de Panamá, allí dedicó algunos años al estudio de la neurocomputación aplicada a la visión por computadora y fue profesor de gráficas por computadora, inteligencia artificial y lenguajes de programación. Actualmente dirige One Arrow Co., empresa dedicada al desarrollo de proyectos de informática, y el laboratorio pariLAB, inc., empresa dedicada a desarrollar proyectos de investigación y desarrollo en conjunto con la Universidad Tecnológica de Panamá y otras instituciones.
Es autor de "Crónica de Invisibles" (Panamá, 1999) y "Sueños urbanos" (Panamá, 2008) y trabajos suyos han sido seleccionados para varias antologías que se han publicado en Panamá y Bogotá. Ganador en 1994 del Premio "Darío Herrera" que la Universidad de Panamá le otorgó por su libro "Sueños". Ha ganado también menciones y accésit en concursos de literatura tales como el "Signos de Joven Literatura 1993", el "José María Sánchez 1998", el "Amadis de Gaula 1999" y el "Maga de Cuento Breve 2001".Cofundador y codirector de la Fundación El Hacedor que, entre otras actividades, organiza en Panamá el Festival Internacional de Arte y Literatura de San Francisco de la Montaña, punto de encuentro de artistas plásticos, músicos, poetas y narradores en el corazón geográfico del istmo de Panamá y en los últimos cuatro años ha sido responsable de la organización de recitales poéticos, encuentros de escritores, talleres, congresos de literatura, cafés literarios, conversatorios, happenings, conferencias, exhibiciones y otras actividades culturales en Panamá. En 2004 acompañó a varios colegas a fundar la Asociación de Escritores de Panamá de la que fue su presidente entre 2008 y 2010.
Fotógrafo documental y diseñador gráfico, es autor de los ensayos fotográficos "Panamá blues", "Cuadernos de Azuero", "De diablos, diablicos y otros seres de la mitología panameña", "El camino de la cruz" y "Reggae Child". Ha participado en la edición y diseño de más de 60 libros de autores panameños y en la edición de la revista electrónica miniTEXTOS.
Egresado de la Universidad Tecnológica de Panamá, allí dedicó algunos años al estudio de la neurocomputación aplicada a la visión por computadora y fue profesor de gráficas por computadora, inteligencia artificial y lenguajes de programación. Actualmente dirige One Arrow Co., empresa dedicada al desarrollo de proyectos de informática, y el laboratorio pariLAB, inc., empresa dedicada a desarrollar proyectos de investigación y desarrollo en conjunto con la Universidad Tecnológica de Panamá y otras instituciones.
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