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SOBRE EL POEMARIO "LO QUE ME ENSEÑÓ LA NOCHE" DE AURA SIBILA BENJAMÍN

Aura Sibila Benjamín.
Lo que me enseñó la noche.
Toronto: El Hacedor, 2023.
ISBN: 9781775109570

Lo que me enseñó la noche es un viaje a través de la memoria y la imaginación. En su poesía, Aura Sibila Benjamín nos lleva desde la fundación mítica de una familia de un pueblo a orillas del lago Gatún, pasando por tragedias ineludibles y terribles hechos históricos de Panamá, hasta el presente en el que solo el amor, la palabra —la poesía— y la imaginación son capaces de salvarnos. Es también un libro sobre la nostalgia, sobre la exuberante vegetación y fauna de nuestra tierra tropical, sobre el amor y sobre la memoria.

Memorias de una vida en el Caribe, de las que surgen las voces de la infancia que se entrecruzan con el recuerdo de los seres amados mientras llueve. De esa nostalgia emerge el Viendolejos, Mimi, Dolores la Lololo, Nengue, miembros de un linaje maravilloso que en varios tiempos ocupan esa casa construida entre platanales habitados por libélulas, pájaros, grillos y curucusíes, en la que el viento se cuela suavemente por las ventanas. 

Pero la lluvia en el trópico es impredecible, de súbito se hace tormenta y “cae tan fuerte, que erosiona las manos e inunda los ojos”. Se han ido los momentos felices. “A dónde fueron los días”, dónde quedó la voz de trueno del padre joven, los libros y los parques de la infancia, los parientes que se van por “la curva de los miedos”, el arte destruido por fanáticos religiosos, la ciudad que arde tras el bombardeo, el amor que ha dejado un hueco en el pecho... “Enséñame, papá / enséñame a hacer un barquito de papel”. 

La lluvia se detiene y “toca abrazar el silencio, asir el canto de los pájaros y afinar el tacto para sentir su pequeño latir en nuestro pensamiento”. Es el momento de hacer y celebrar la música, de hacer y celebrar la poesía. Es el momento del amor. De ponerle toda la atención a la abuela que, oportuna, surge de la memoria, pone un viejo bolero en el tocadiscos de la casa y murmura algo acerca del amor. El amor, tema central de este libro lleno de magia y nostalgia de Aura Sibila Benjamín, extraordinaria poeta nacida en el trópico, muy cerca de ese mar Caribe que se abraza con el istmo de Panamá.

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Aura Sibila Benjamín (Panamá, 1970) es poeta, artista y educadora, autora del poemario Lo que me enseñó la noche (Toronto: El Hacedor, 2023). Su obra literaria aparece en revistas, libros colectivos y antologías. Su práctica artística abarca, además de la poesía y la narrativa, la acuarela y el arte textil. En 2023 completó el programa de Maestría en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana de la Universidad Internacional de La Rioja. Es coautora de las colecciones Doce por tres (Panamá: Foro/Taller Sagitario, 2018), de cuento; y 26 lágrimas de luz (Panamá: Ed. Mariano Arosemena, 2017), de poemas. Ha colaborado en varias publicaciones literarias.

SOBRE EL LIBRO "LA DOCTORA LIDIA SOGANDARES" DE VANNIE ARROCHA

Vannie Arrocha.
La doctora Lidia Sogandares.
La primera médica panameña.

Panamá: Ed. Novo Art, 2022,
ISBN: 9789962173601
En su libro La doctora Lidia Sogandares. La primera médica panameña, Vannie Arrocha nos lleva en un viaje por la vida de esta mujer pionera. Desde 1907, cuando nace en una casa de madera en la isla de Taboga, hasta sus últimos logros académicos, profesionales y gremiales, antes de 1971.

La aventura de la futura médica empieza en el recién inaugurado Instituto Nacional de Panamá, donde acababan de permitir por primera vez salones mixtos. De allí parte para continuar estudios de química, medicina, ginecología y obstetricia en varias ciudades de Norteamérica. Periplo complicado en el que Lidia Sogandares tuvo que enfrentar las dificultades propias de una época en la que se esperaba que las mujeres no salieran de su hogar, ni siquiera para estudiar.

Pero, como nos cuenta la poeta y periodista Vannie Arrocha en esta biografía, es en el retorno a Panamá, en 1935, cuando todo se torna más difícil, la aventura más complicada. La primera médica panameña debe probarle a la sociedad que una mujer puede realizar estudios avanzados y ejercer su profesión como cualquier hombre, como lo entendemos hoy. Y así lo hace.

Este libro de Vannie Arrocha es, además, un viaje a través del siglo XX en que los panameños recién empezábamos a construir una república. Empresa a la que la doctora contribuyó con su formación académica y su liderazgo con los que resolvió diversos problemas científicos, profesionales y sociales, que que anteriormente no habían sido enfrentados por nadie, propios de un país que evolucionaba rápidamente hacia el futuro.

La doctora Lidia Sogandares. La primera médica panameña de Vannie Arrocha es un libro inspirador y ameno. Es un recorrido interesante por distintas geografías, por las posibilidades que brindan los estudios y la igualdad de oportunidades, al igual que por la historia y la evolución de la sociedad panameña en el siglo XX. Es una biografía que vale la pena leer y disfrutar.

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Vannie Arrocha Morán (Panamá, 1979) es poeta y periodista, egresada de la Universidad de Panamá y de la Universidad Tecnológica de Panamá. Además de La doctora Lidia Sogandares. La primera médica panameña, es autora del poemario Por este color de la piel (Panamá: Imp. Universitaria, 2014) y coautora de los libros Pioneras de la ciencia en Panamá (Panamá: CIEPS, 2022) y Pelaitas en la ciencia en Panamá (Panamá: CIEPS, 2022). Ha trabajado para varios periódicos, revistas y medios digitales en Panamá y España. Sus reportajes han merecido premios.

ESCRIBIR EL CARIBE DESDE EL NORTE DEL NORTE

Cae la nieve desde temprano sobre la ciudad de Toronto. Los niños caminan hacia la escuela y yo avanzo con ellos. Cuando nieva, el aire se vuelve más transparente y parece que las ideas pueden fluir de manera más rápida. Como harina cernida, la nieve cubre las aceras y jardines, y es más fácil moverse en las misma calle por la que lentos transitan los vecinos en sus autos, cuidándose de no derrapar. Además, los encargados del municipio desde temprano las han cubierto de gruesas partículas de sal que alteran la química del agua impidiendo que se congele a cero grados. Pronto pasarán vehículos especializados empujando la nieve acumulada, limpiando las aceras, regando en cada camino más sal y todo estará controlado. Pero, de momento, todos nos movemos en la calle. Me concentro en mi hijo y lo observo a sus siete años caminando conmigo hacia el colegio. En Panamá no tenemos aceras para movilizarnos. En Panamá, la ciudad capital de Panamá, una de las ciudades más ricas del Caribe, no hay aceras para caminar. En Panamá, ni siquiera existe un servicio funcional de taxis o buses o de recolección de la basura. Y a muchas escuelas lejos de ese centro millonario sólo puede llegarse tras una aventura llena de peligros en los que cada año pierden la vida un número terrible —criminal— de maestros y niños.

Pero Panamá es considerado en la región como un país privilegiado. Cuando los españoles se aparecieron perdidos por esas tierras hace quinientos y tantos años alguien les dijo que al sur, en los mismos límites de ese territorio al que acababan de llegar, había otro mar con unos artistas del oro superdotados, capaces de hacer piezas de una belleza extraordinaria, en un poblado que —ahora se sabe— tenía más de dos mil años de antigüedad y, al parecer, se conocía con el nombre de Panamá. Y entonces, al igual que ahora, donde hay orfebres, debe haber oro o, al menos, debe ser el paso obligado de la ruta de los tesoros de Abya Yala. Y no se equivocaron. Buscando las fuentes del oro descubrieron plata. Y a esa ruta antigua pusieron uno de los pasos más importantes de lo que el historiador Alfredo Castillero Calvo ha llamado "la primera globalización": plata extraída del Perú viajando en cantidades inmensas hacia México y luego a la China, sedienta de ese mineral agotado en ese vasto territorio y que necesitaba para hacer funcionar un imperio inmenso, mientras que de China enviaban de vuelta manufacturas de toda clase para alimentar a una Europa que se maravillaba con objetos que le eran desconocidos, con materiales fabulosos, con productos como la porcelana que se tardarían cientos de años en poder confeccionar con calidad similar. Eso y las riquezas robadas a fuego y espada, y la gente que, extraída a la fuerza de su tierra —como si fuera un recurso natural inanimado— o de forma voluntaria —con la promesa de una riqueza fácil (estaban convencidos que iba al País de la Cucaña, donde los jamones saltan ya cocidos de un lado a otro del camino y los árboles dan monedas en lugar de frutos)— circula desde entonces entre África, América, Asia y Europa, pasando precisamente por ese Panamá que ya menciona con su nombre y cualidades Lope de Vega en 1613.

Pero el país donde nací no es diferente a los otros de esa zona que encierra el mar Caribe. Los países de los archipiélagos antillanos y de ese archipiélago imaginario que es Centroamérica, como le ha llamado el poeta salvadoreño Miguel Huezo-Mixco, ese «todo fracturado, desconocido, diverso, contradictorio [...] que parece pudrirse y, sin embargo, pervive». Ese territorio que limita a un mar en el que pululan piratas y corruptos y por el que han circulado multitudes provenientes de todos los confines del planeta, sembrándolo de una riqueza cultural extraordinaria, parece que existiera sólo para ser explotado de forma rápida y brutal. En el Caribe en el que nací se debe sobrevivir a pesar de la violencia más exagerada del mundo y de la pobreza más injusta: en el Caribe en el que nací, las políticas públicas de todos sus países están dedicadas a la construcción de colosales infraestructuras para el tránsito marino, para las reexportaciones o para las grandes explotaciones de recursos naturales. El Caribe en el que nací es un sólo gran corredor comercial donde el ser humano no se desarrolla aunque podría hacerse extraordinariamente rico, como ese hombre de La dama boba que "viene de Panamá, con cadenita de oro al cuello, vienen de Panamá, gran jugador del vocablo, viene de Panamá, no da dinero y da manos, viene de Panamá".

Regreso mi atención a los niños en la nieve. Ya hemos llegado a la escuela y entre todos hicieron una gran bola de nieve y tratan de colocar otra más pequeña encima. Terminado el proyecto, mi hijo y otros niños se deslizan de una pequeña pendiente y a mi mente viene clara la voz severa de mi padre advirtiéndome sobre la nieve que ahora se le debe colar en las botas y la ropa que no es impermeable y que se le derretirá al entrar a clases, mojándolo todo. Pero mi padre, aunque tiene razón, nunca estuvo en este paisaje, que parece una escena pintada por William Kurelek que desde un marco que de alguna manera debe existir alrededor de nosotros, se ríe divertido. Empiezo a llamarlo para advertirle, pero ya el reloj marca la hora de entrar a clases y los niños corren. Mi hijo, preocupado me dice "papá, no encuentro mi mochila". Miramos alrededor de ese paisaje blanco perfecto y no vemos nada. De alguna manera se ha esfumado (Kurelek sigue riendo y desde fuera del marco otros espectadores de seguro reirán por mi desesperación).

Reminiscencias de la juventud (1968, Art
Gallery of Ontario) de William Kurelek

Pero no importa. Mi mente sigue su viaje: mi hijo que apenas tiene siete años nunca ha estado en la escuela en Canadá y lo llevo al colegio panameño. Allí todos con uniformes perfectamente almidonados y cortes de cabello regulados por las autoridades escolares hacen filas ordenadas bajo el sol para cantar un himno y jurarle a una bandera. Estos son niños privilegiados. Asisten a una escuela manejada por una orden de sacerdotes católicos y, además de los símbolos de una nación que es igual a las naciones vecinas en el Caribe, aprenden que de ese colegio han salido varios presidentes, incluyendo uno que ya no mencionan porque en este momento está preso, esperando juicio, y aprenden ciertas marcas especiales que sus compañeros y los padres exalumnos de algunos de ellos llevan como signos de pertenencia a una organización exclusiva que dirigirá al país y entre cuyos miembros es necesario ayudarse. Algunos estudiantes mayores con sables y mosquetes de juguete custodian las insignias del colegio y dos de ellos con rangos de mentira adheridos a sus quepis militares izan la bandera junto a una estatua de Santa Juana de Arco, instalada por un presidente exalumno que la sacó a la medianoche de un fin de semana de un colegio público en un edificio histórico de la ciudad.  

Estos niños son los privilegiados. Son los que harán en el futuro las grandes obras de infraestructura y administrarán los gobiernos diseñados para la explotación brutal de la que se encargarán algunos bendecidos por alguna tradición que une a ciertas personas o ciertos apellidos con esos llamados 'negocios' que suman tanto dinero que hacen de Panamá un país con un producto interno bruto per capita altísimo. La mayoría de los contemporáneos de mi hijo no tienen ni siquiera escuela a la que asistir. En Panamá la educación es una especie de utopía. A medida que uno se aleja del centro de la ciudad, las escuelas van desapareciendo, convirtiéndose primero en edificios cada vez con menos mobiliario, luego en ranchos y finalmente en un techo de paja y una tabla en la que un maestro escribe lo poco que puede enseñar a niños desnutridos. Pero es difícil ver esas escuelas: los que asisten a ellas, incluyendo a los educadores, deben recorrer cordilleras en las que no hay caminos y cruzar ríos caudalosos sin ahogarse. En las ciudades sí hay el edificio con un mobiliario básico que se compran o modifican con licitaciones millonarias. Pero no existe el sistema de enseñanza. A esas escuelas asiste un niño que conocí una vez y que no habla con nadie.

«Corriendo me voy hacia el cuartel de bomberos. Un gentío observa alrededor del cadáver de un niño de unos ocho años con tres balazos en la cabeza. Una mujer de ropa extraordinariamente apretada grita mientras dos más la sostienen, como si evitaran que se le fuera a abalanzar a un enemigo. Unos chiquillos señalan al muerto y se ríen mientras dicen vulgaridades; uno de ellos se acerca y le mete un dedo en el ojo. Y es entonces cuando lo veo. Me siento aliviado que el muerto no es Guachimán, callado y serio, invisible entre todos. Observando. Aguaitando.»

«A sus ocho años Guachimán ha sido testigo de más violencia que la que yo he visto simulada en televisión. Hace una semana vio cómo mataban a su vecina disparándole en la cara y cómo luego la policía entraba armada al edificio y, en una confusión que nadie ha podido aclarar, mataron a tiros a un bebé, hiriendo a la mamá que nadie sabe si sobrevivirá. Todo los días ve en los basureros como aparecen cadáveres, a veces fetos, a veces mujeres, de vez en cuando un piedrero que fumó más de la cuenta. La violencia lo rodea, la violencia lo persigue, la violencia trata de apoderarse de sus sueños de niño; hace dos años la violencia fue la que obligó a su abuela a mandarlo a esta ciudad después que mataron a su papá a machetazos en su isla. Tranquila isla en el Caribe a la que Guachimán anhela volver.»

Anhelar el Caribe. Camino por una sección muy especial de Eglinton West, una avenida larguísima que divide a esta ciudad rectangular por la mitad más angosta. Voy a comprar los ingredientes para preparar un sancocho de gallina, el plato más emblemático de Panamá. En la calle unos tanques metálicos de petroleo cortados por la mitad son usados para asar jerky chickens y, a pesar del frío, la gente se reúne afuera de las barberías y se escuchan ritmos de dance hall como en cualquier calle de Kingston, Jamaica o Colón, Panamá. En la ventana de un local se ve una caja plástica con patitas de puerco flotando con pepinos en jugo de limón: sao, que en Panamá se vende en las calles en cubos de plástico exactamente iguales a ese. Vuelvo al Caribe. Entro a la tienda y le pregunto a la guial —de pronto las muchachas de esta parte de la ciudad son guiales— si tienen ñame, y me señala con la boca en dirección una gran bandeja donde además hay yuca y otoe. Y me recuerda que todavía hay pan bon y que todavía tienen guandú en su vaina, el frijol emblemático de la navidad caribeña. En el ambiente, el ritmo es de calypso. Mientras pago mi compra, pienso que es de noche y esta misma calle sería peligrosa en el Caribe. Acá se puede salir a hacer compras de noche y no esperar que a uno lo maten mientras le roban un teléfono o los zapatos. Esa paz no tiene precio. No sé si pueda anhelar volver al Caribe.

Anuncio del 2o Encuentro de Literatura Hispanoamericana en París, en la Casa de México

De vacaciones sí. Volver a La Habana, Santo Domingo, Limón, Santa Lucía, Cartagena, Santiago de Veraguas o unos días en alguna isla de Guna Yala. Volver a su gente, con su riqueza musical, gastronómica, linguística, a sus celebraciones populares. A su mar inefable. Pero no anhelo vivir en esa zona violenta, controlada por mafias.

Sigo mi camino de vuelta con las verduras de la sopa en una bolsa y en mi mente puedo escuchar el mar al golpear los pilotes que sostienen la casa de madera construida sobre las aguas. A lo lejos se escuchan los botes de los pescadores meciéndose y en el cielo la vía láctea mancha el cielo nocturno de estrellas.

«Alice está harta. Como pudo él ser tan idiota para poner en duda lo que le contó. Para ella es doloroso. Ya hace años su papá hablaba sobre eso, aunque lo hacía más sobre el asunto económico. Cada Navy Seal le cuesta al país millones de dólares en preparación y equipamiento y aquí mataron a una docena. Esas muertes son vox populi. Igual de doloroso es que pusiera en duda el informe. Claro que la culpa es de esa orden que dieron de no bombardear por el sitio en el que estaba ese aeropuerto. O él cree en esas idioteces de los "bombardeos quirúrgicos". Allí no lo hicieron porque este país no es uno, son dos, y en ese que apenas es un barrio, viven los aliados de esa invasión, mientras que en el otro vive el enemigo, el otro: esos seres sin alma sobre los que se podía disparar todo ese arsenal de experimentación. Pero lo peor de todo es que John haya puesto en duda que su propia gente, mal armados y sin equipos de avanzada, hayan despachado a más navy seals que en ningún otro lugar del mundo.»

Alice comienza a creer en esta historia que les cuento que John no es más que un revolutionary sexy symbol, vacio e incapaz de promover el cambio del que a veces habla entre tragos, en una zona del mundo que requiere un cambio total de sistema. Pero no es sólo eso. John es producto de la cultura que todo lo permea. Es el resultado de ese mismo sistema en el que las carencias materiales incluyen la falta de documentación, la materia prima para la investigación y nuevas publicaciones, punto en el que empieza un círculo vicioso. Alice no lo entiende aún, pero John es una excepción en su mundo y es mucho lo que ha logrado, influido quizás por algunos de los mayores que han podido formarse y aprender a pensar. Para Alice es difícil de comprender, pues ella viene de un mundo donde es importante la inversión de recursos en investigación. Por eso él no sabe nada de esa invasión que vivió en casa de su abuela, desde donde vio morir vecinos de formas espantosas mientras que Alice ha podido leer las criticas que le hace el sistema de guerra gringo al sistema de guerra gringo, con documentación y datos concretos. Alice apenas empieza a descubrir por qué en este país surge tanta música hermosa para amar o bailar, preámbulo a ese mismo amor, pero nada de filosofía, nada de ciencias, nada de pensamiento.

Si John viviera en Toronto podría pedir a la biblioteca de la ciudad varios informes sobre la invasión de Estados Unidos a Panamá, varios libros analizando las tácticas, la política de antes y después, los resultados concretos de esa guerra o por qué, jurídicamente, las cosas se llaman de la manera en que se llaman. Incluso, podría solicitar varias colecciones de textos con las técnicas de manipulación, muchos de los documentos consultados por las personas a cargo de las decisiones, de por qué quitar a un sistema militar títere de Estados Unidos para colocar un sistema con apariencia democrática títere de Estados Unidos, incluso podría leer las autopsias de esos mismos Navy Seals muertos en el aeropuerto civil de Paitilla, la cifra más grande de muertos de ese grupo en cualquier guerra, cuya misión era destruir un simple avión comercial. Si John viviera en Toronto hasta podría escribir un libro sobre el tema.

Imágenes del 2o Encuentro de Literatura
Hispanoamericana en París en septiembre de 2018

Pero John vive en Panamá y no le interesa escribir ese tipo de libros. A John le interesa escribir canciones, que convierte en dinero cuando las canta en bares, y coleccionar los poemas que se le van ocurriendo sobre el imperio, que son los que le gustaron a Alice, o sobre las mujeres que desea que lo deseen y que, engargolados en un folio que cumpla con las bases de algún concurso nacional, le podrían producir hasta 50 veces el salario de un maestro, de los que a veces mueren ahogados en un río rumbo a su escuela sin haber cobrado uno solo de sus meses de trabajo. Pero es como una lotería que podría tocarle a él o a una única persona entre las decenas que se dedican a coleccionar textos de la misma forma y presentarlos en estas competencias. Como no existen editoriales en Panamá, no hay esperanza de que algún día haga un proyecto complejo. En el Caribe es muy dificil escribir el Caribe.

Me han invitado a un evento sobre derechos humanos. Hablarán sobre los grandes logros de Canadá donde se respeta mucho la vida de los otros. Donde ocurre menos crímenes violentos que en el vecindario donde se ubica la presidencia de mi país, la zona más segura de todas. Pero en este país al norte de Norteamérica aún queda mucho por hacer, en especial acerca de los derechos de las mujeres indígenas, que en ciertas zonas todavía desaparecen misteriosamente para surgir después que se derrite la nieve, violadas y muertas.

El evento empieza con un danzante del pueblo ojibwe. Vestido con un tocado de plumas de ave, hace un baile ritual con movimientos de piernas y manos que de alguna manera me transportan a mi Caribe donde danzantes hacen movimientos similares en el contexto de fiestas cristianas impuestas hace relativamente poco. El evento concluye y no puedo dejar de pensar en esa danza.

Vuelvo a casa. Ya han pasado seis meses desde que el mundo se cubrió de blanco. En esta parte del Norte del Norte la nieve puede cubrirlo todo de octubre a mayo. Pero ya es mayo: los días se hacen más largos y la nieve empieza a perder terreno. Triunfa la luz una vez más. El césped, que continuaba verde bajo la capa de nieve, se deja ver y pronto estará cubierto de muchísimas flores moradas. Pero aún quedan acumulaciones de nieve. Algunos bloques demorarán semanas en derretirse, reduciéndose poco a poco, preservados en su propio microclima frío. Uno de esos cúmulos es la gran bola de nieve que hicieron los estudiantes unos meses atrás. La gran bola se ha reducido hasta convertirse en una masa pequeña sobre el llano. Me acerco y empujo la masa de nieve con un pie y allí está: la maleta de mi hijo que llevaba años perdida en los recuerdos. ¿O será en la imaginación?

¿O es que ambas, imaginación y memoria, están hechas de sustancias equivalentes y poco a poco una se irá convirtiendo en la otra y se harán intercambiables y esas cosas que hoy fluyen hacia mis páginas pronto no serán las cosas del Caribe, sino las de este norte que se cubre y se descubre de blanco?

¿O, al contrario, el Caribe en uno de sus hijos es indisoluble y no soy yo el que vuelve a lo real maravilloso de esa zona «donde convergen estupidez y miedo, inteligencia y pasión, asombro y estupor» sino que el Caribe me rodea siempre y no podré evitar nunca mirar al mundo de otra manera?

LA CERVEZA HB EN LA MEMORIA


¡Ah!... La HB: la negra que da sabor. La mejor cerveza panameña. La menos apreciada y comprendida. La de la receta de los plátanos en tentación. El mejor acompañamiento para las torrejas de bacalao, el ceviche de pulpo o un rondón picantito con patacones e una de esas islas que tiene Panamá en el Caribe.

Era la segunda cerveza nacional en antigüedad, después de la Balboa (creada en 1910 por la recién fundada Panamá Brewing and Refrigeration Company Ltd.), cuando dejó de producirse un día en que nadie se dio cuenta a principios de este siglo de tantos retrocesos.

Quizás (creo que nunca lo sabremos) era una versión mejorada de la negra cerveza Tropical, bandera de la fábrica del mismo nombre fundada en la capital del país en 1914, pero desaparecida hace tiempo.

La HB era una cerveza tipo münchener con un 'twist': tenía sabor añadido. Era negra y amarga, pero con caramelo. Pienso que de melaza. Sabor a Panamá como el de los rones oscuros. Tal vez eso le daba esa cualidad tan especial y, sin duda, era lo que la hacía ideal sobre el plátano maduro antes del ingreso a la olla en la que se evaporaba dejando ese sabor dulce y el color más bonito de la cocina criolla.

No recuerdo cuándo la tomé por última vez, pero sé que fue empezando el siglo XXI. Quiero creer que fue en una playa del Pacífico acompañando un pargo frito con patacones y 'buco' salsa de ají chombo. O que fue una noche en que no sabía con que bajarme unos pixbaes recién cocinados en sal y descubrí que iban bien con esa negrita. Pero lo más seguro es que fue un domingo caluroso en casa, sin pensarlo mucho, sin darme cuenta de esa pérdida.

La cerveza HB en la memoria me sabe al Río Abajo pícaro, lleno de 'boites'; a la sobra bajo un ranchitos 'espelucao' en la Transísmica; a olorosos puestos de comida a lo largo de Costa Arriba en Colón; a esos puertos de deliciosa pesca (¡ya los especuladores están terminando de arrasarlos!) en el Mar del Sur: en Gorgona, Farallón, Rompío, Pedasí, Mariabé, Cambutal, Mariato, Montijo, Las Lajas.

Los que me conocen saben que aún la pido. Ya sé que no me la traerán, pero me engaño creyendo que así la mantengo viva.

Ojalá los hijos de belga, de alemanes o colombianos, que ahora poseen la cervecería que la fabricaba nos la trajeran de vuelta y nos dejaran disfrutar una vez más de esa negra que sabe como ninguna al Panamá multicural, al verdadero país.

Pero es en vano: ese Panamá hace rato que desapareció.

LA GUERRA SICOLÓGICA DE LA INVASIÓN A PANAMÁ

En 1989 Panamá fue objeto de un experimento infame, una estrategia de manipulación cuidadosamente diseñada y ejecutada con éxito por una unidad especial de operaciones sicológicas del ejército de los Estados Unidos. Las estrategias e instrumentos usados les dieron resultados exitosos cuyos impactos aún afectan la psique del panameño.


Cuando EEUU bombardeó e invadió Panamá, el 20 de diciembre de 1989, llevaba casi dos años trabajando en una operación de manipulación sicológica que siguió hasta bien entrado el año 1990 (1) . Los encargados eran los miembros del 4o Grupo de Operaciones Sicológicas (4th Psychological Operations, PSYOP), hoy conocido como el 4th Military Information Support Group, con sede en el Fuerte Bragg en Carolina del Norte, cuyo lema es "Verbum vincet" (la palabra vencerá).

Los intereses ocultos


Como en toda operación de esta naturaleza (2) , se buscaba influir en las «emociones, motivaciones, razonamiento objetivo y a la larga en el comportamiento» de los individuos, grupos y autoridades de ambos países. A los de Panamá, para que aceptaran la invasión como una "liberación"; a los de EEUU, para que vieran la guerra injusta a la que sometían a un país muy pequeño, de menos de 1% de su población, como un "regalo" de democracia y justicia. Como objetivo no declarado, no sólo de la operación sicológica, sino de todo el proyecto de invasión, se quería contrarrestar al Subcomité del Senado sobre Terrorismo, Drogas y Operaciones Internacionales, dirigido por John Kerry, que desde 1986 sostenía que el gobierno de ese país no había hecho nada en cuanto al narcotráfico en la región (3)  y, desligar a Reagan y a Bush (en pleno periodo electoral) de las razones que en ese entonces eran desconocidas por el público y que serían admitidas por la CIA en 1998 (4) : que el gobierno estadounidense apoyó a los Contra en Nicaragua, inundando de la droga crack la ciudad de Los Angeles, California para financiarlos. Operación en la que Noriega los había apoyado.

Podría decirse que para el equipo de especialistas en guerra sicológica iba a ser un trabajo fácil. Para que lo fuera más, a los pocos meses de empezar, en febrero de 1989, a Noriega le levantaron cargos por narcotráfico y lavado de dinero. Con ello era más sencillo convencer a la opinión pública de EEUU de que se trataba de un monstruo capaz, él solo, de poner en peligro a los casi 250 millones de habitantes de ese país. En Panamá, donde Noriega tenía problemas crecientes, ni siquiera los que hacían negocios con él lo iban a defender de las acusaciones de EEUU.


Así, antes del conflicto armado, el trabajo involucró la manipulación de medios (5) (6)   de comunicación locales e internacionales, trasmisiones de radio, por teléfonos y máquinas de fax (no existía el internet, así que caricaturas, noticias y artículos circulaban como facsímiles); movimientos de tropas y ejercicios en territorio panameño; y el aprovechamiento de cada bravuconada de Noriega, como la golpiza a Ford y el asesinato de su guardaespaldas, la famosa escena con el machete, o la balacera frente al Cuartel Central de las Fuerzas de Defensa en la que murió el infante de marina Robert Paz.

Y durante la guerra (7) , consistió en el uso de volantes, camisetas y pancartas previamente diseñadas; la deshabilitación de las transmisiones que se opusieran a la invasión; la publicación en los periódicos de caricaturas creadas para este conflicto por un tal Tim Wallace, alias LOBO, que ni siquiera hablaba español pero que usaba muy bien los elementos de la cultura y la política panameña; noticias controladas en medios impresos, radiales y televisivos (memorable la visita a la casa de Noriega donde se mostraban enormes bolsas blancas con el logo del Banco Nacional de Panamá, llenas de dinero y parafernalia de la utilizada para la santería, religión que en Panamá los más conservadores relacionan con la brujería y en Estados Unidos con el Vudú); el uso de altoparlantes con música estridente o mensajes leídos por hispanohablantes; las llamadas telefónicas directas con informaciones o amenazas; la distribución de pancartas alusivas a la extradición de Noriega o a la bienvenida a las tropas invasoras, tanto en cartón como en tela; todo el material necesario para lograr que los miembros del ejército panameño entregaran sus armas y pasaran a formar parte de la nueva policía, para la que ya se habían diseñado hasta las placas (con un mensaje alusivo, de orgullo renovado, a los que aceptaran ser miembros) y los emblemas que siguieron usándose; permisos para portar armas para ser firmadas por las nuevas autoridades y, para los más bravos, carnés de afiliación a los boinas negras arnulfistas con los colores de esa agrupación.

La campaña de manipulación

Tal vez no sabremos nunca si otros actos fueron planificados y su ejecución dirigida por esta organización para convencer a la opinión pública de la supuesta justicia de esta guerra no declarada. Lo que sí sabemos es que Noriega, que en 1970 fue alumno de la Escuela de Operaciones Sicológicas de la Armada de EEUU en Fuerte Gulick, en Panamá, no pudo con la avalancha de información y terminó buscando santuario en la iglesia antes de entregarse a los EEUU, mientras que los miembros de las Fuerzas de Defensa se rindieron rápidamente. 


El panameño común, constantemente manipulado por la televisión comercial, fue aun menos capaz de enfrentar esta parte sicológica de la guerra y, a pesar de las imágenes de El Chorrillo incinerado y sus miles de habitantes desplazados, de los carros aplastados en las calles y las historias de vecinos de todos los sectores de la ciudad de Panamá, Colón o Río Hato heridos de bala o muertos por unos muy eficientes soldados, hoy recordamos las imágenes, que le dieron la vuelta al planeta, de la gente celebrando la llegada de las tropas estadounidenses.

Manipulados por una propaganda muy bien tramada, el día después de Navidad, los canales de televisión controlados por los militares ocupantes revelaron que Noriega tenía dos días de estar refugiado en la embajada del Vaticano. No sabemos con certeza por qué demoraron ese tiempo en revelarlo, pero fue una información mantenida en secreto hasta ese momento. Las escenas transmitidas, que podemos ver en internet hoy, muestran el área controlada por tropas estadounidenses en varios vehículos artillados, sobrevolada por enormes helicópteros de guerra, y un grupo de personas que se había reunido en el área durante la tarde, portando pancartas en español y en inglés: "Noriega must be judged not exiled"; "Asilo no! Justicia"; "Otro Noriega nunca más"; "Justicia justicia justicia". Luego, las personas declarando ante las cámaras de manera contundente sobre la necesidad, no de juzgar a Noriega, sino de entregarlo: «Pero nosotros no estamos de acuerdo en que Noriega se quede aquí en Panamá. Si los gringos vinieron por él, se lo tienen que llevar a él y a los secuaces». A partir de esa transmisión, la gente comenzó a llegar al área voluntariamente. Recibieron con gusto (aunque no sólo esa noche y en ese lugar) camisetas con las banderas de los dos países, mensajes de bienvenida, paz y agradecimiento por la libertad y la democracia.

Los resultados del experimento

Nadie se preguntó cómo pudo imprimirse ese material a favor de la invasión, si la circulación de las personas estaba restringida y la ciudad de Panamá había sido desmantelada por un saqueo general, sin contar que el país llevaba meses casi detenido, con los bancos cerrados por un largo embargo internacional, y las imprentas y locales publicitarios, entre otros comercios no indispensables, cerrados por falta de dinero.

Preguntas que no se hacían en ese entonces y todavía no se hacen. En la mente de la mayoría de los panameños siguen grabadas varias ideas, que persisten a pesar del paso de los años y de otras evidencias.

Por ejemplo, a pesar de tantos libros de tácticas militares publicados en EEUU en los que se describen las batallas (8)  que se dieron en Panamá y Colón, incluyendo la del antiguo aeropuerto de Paitilla, que resultó en la mayor cantidad de muertos para los afamados Navy Seals (9) , la mayoría todavía cree que los estadounidenses no encontraron ninguna resistencia.
Aún con la información conocida de médicos, enfermeras y otro personal, además de conductores de ambulancias, carros de bomberos y taxis que pusieron en riesgo su vida, muchos de ellos heridos o muertos tratando de llegar a los hospitales o atendiendo las múltiples emergencias que se dieron esa noche de destrucción, es común que se siga diciendo que durante la invasión el panameño actuó de manera cobarde.

A pesar de la disponibilidad de tantos videos (hoy en internet) tomados por el mismo ejército de los EEUU, mostrando la intensidad del bombardeo al que fue sometido El Chorrillo durante toda la noche, todavía se repite que las viejas casas de madera de ese barrio fueron incendiadas por allegados a Noriega al día siguiente. Casas que, en tiempos de paz, se incendiaban constantemente de forma accidental.

Aunque hoy sabemos que la ubicación de Manuel Antonio Noriega al momento de iniciarse las hostilidades era conocida por EEUU, que manejaba sus operaciones de inteligencia para toda la región desde Panamá, se insiste que los muertos, los miles de desplazados, sobre todo los de El Chorrillo, pero también los llevados desde Río Hato, eran necesarios para atraparlo y sacarlo del poder.

Y se sigue creyendo que el repudiado saqueo era inevitable y no el crimen de guerra que fue, imperdonable para el ejército profesional más poderoso del mundo, que durante esta ocupación militar tenía la obligación de realizar las funciones policiales, bomberiles y de otras organizaciones civiles desmanteladas por ellos desde la primera noche.

Por supuesto, no todos los planes de esta organización funcionaron debidamente, como fue el caso de la música estridente que usaron para amedrentar a Noriega, acto que, aunque cautivó al público, fue muy criticado por diversos expertos militares (10).  Sin embargo, la operación fue tan exitosa que sabemos que mucho de lo que aplicaron en Panamá fue utilizado en mayor escala, y de forma refinada, en las guerras siguientes en las que EEUU participó (11).


La reconstrucción de la memoria

En Panamá, es indiscutible que el 4th PSYOP Group logró su cometido de influir en la mente de la gente para que aún, casi tres décadas después, vean la invasión y todas sus consecuencias horrorosas como algo inevitable, y como el regalo de una liberación.

Urge ahora a los panameños reconstruir los hechos, revelar la verdad, investigar todo lo relacionado con esta guerra no declarada, contar y nombrar a los muertos, que no pueden seguirse viendo como material descartable en una lucha de poderes, exaltar a los héroes y corregir el daño realizado por estas organizaciones dedicadas a la manipulación sicológica y cultural. Daño más terrible, por sus efectos a largo plazo, que toda la destrucción causada al país por los bombardeos.


Referencias 

(1) Friedman, H. A. U.S. PSYOP IN PANAMA (OPERATION JUST CAUSE).
(2) --. "Joint Publication 1-02, DOD Dictionary of Military and Associated Terms". US DOD, 8 de noviembre, 2010.
(3) Informe del Subcomité del Senado sobre Terrorismo, Drogas y Operaciones Internacionales, presidido por John Kerry, publicado en diciembre de 1988.
(4) --. CIA admits it overlooked Contras' links to drugs (http://www.cnn.com/US/9811/03/cia.drugs/). CNN, November 3, 1998.
(5) Emily Davidson. Espectros y daños colaterales: memorias mediáticas de la invasión estadounidense de Panamá. A contra corriente. Vol 12, No 1, Otoño 2014, 30-53.
(6) Cohen, J.; Cook, M. How Television Sold the Panama Invasion. The media go to war.
(7) Sandler, S. "Cease resistance: it's good for you: a history of U.S. Army combat psychological operations". United States Army Special Operations Command, Directorate of History and Museums. 1996.
(8)Phillips, R.C. Operation JUST CAUSE: The Incursion Into Panama. Didactic Press, 2015.
(9) Walker, G. "At the Hurricane's Eye". Ballantine Books, 1993.


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BOMBAS, BALAS Y MARIPOSAS


Otra vez este doloroso rito de recordar las bombas cayendo sobre mi ciudad apenas cuatro días antes de la Nochebuena, los muertos que muchos pretenden olvidar, los argumentos de la gente simple que cree que la historia es una especie de partido entre dos equipos muy bien delineados y que justifican una bandera negra o una bandera blanca olvidando el espectro extenso que colorea cualquier sociedad.

Ese día de diciembre de 1989 fuimos brutalmente humillados.

Hay que empezar por aceptarlo.

El ejército más poderoso del mundo nos golpeó con una fuerza imbatible y criminalmente exagerada, rompiendo ese principio que aparece en libros tan antiguos como el Mahábharata o el Deutoronomio, y codificadas en tratados modernos, según el que se condena el uso de fuerzas exageradas y la destrucción de poblaciones civiles. Fue una “guerra injusta”, para usar el término de las academias militares, con el absurdo nombre de causa justa.

Panamá era un país con un ejército de menos de 3,000 personas, preparado más que nada para enfrentar protestas civiles, actividades delictivas y para defender a Noriega en sus negocios, que incluían el tráfico de armas y drogas, que hizo precisamente para los gringos durante los muchos años que fue subalterno del mismo George H. W. Bush que ordenó la invasión. Negocios que, en Panamá, la mayoría le permitió sin protestar durante esa primera mitad de los años ochenta. Hasta que se desató el escándalo Iran-Contras el 3 de noviembre de 1986 y Noriega se convirtió en un estorbo para sus jefes, en especial durante la campaña presidencial en 1988 de Bush, en ese entonces vicepresidente. Año que empezó con la acusación formal en febrero de Noriega en un juzgado de Florida.

Por otro lado, en diciembre de 1989, Estados Unidos tenía una fuerza de 35,000 personas que se habían dedicado los años previos a realizar maniobras por todo el territorio panameño, con el monopolio del cielo y el mar, ya que Panamá no tenía nada que se pudiera considerar aviación o marina de guerra. Sin embargo, la noche del 19 de diciembre, desde Estados Unidos viajaron tropas adicionales y la fuerza aérea más sofisticada jamás enviada a una guerra, totalizando 27,000 personas las que participaron en la invasión.

Es tan injustificable como si una tropa de policías molieran a golpes a un maleante después de apuñalarlo y dispararle.

Y aunque Noriega era un maleante, Estados Unidos no era la policía. Y Noriega era uno solo de los miembros de las 3,000 tropas panameñas que no hicieron mucho para defender a nadie.

Y en esta guerra no murieron delincuentes, murieron vecinos de diversos barrios de Panamá.

Murió gente inocente, gente desarmada, gente que nada tenía que ver ni con el maleante de Noriega, ni con el maleante de Bush, ni con este plan corriendo desde antes que Díaz Herrera denunciara la corrupción del gobierno al que había pertenecido. Corrupción que hemos permitido y seguimos permitiendo impune en un país donde es encomiable y socialmente aceptable hacer carrera política con el objetivo de enriquecerse de negocios estatales corruptos. Porque con la invasión no hubo cambio alguno en Panamá. Otros se llevaron a Noriega, pero nosotros dejamos que continuara el mismo sistema podrido que hemos tenido desde el inicio de la República y que se renueva cada cuatro años en esta ilusión que nos venden con el nombre de democracia y que aceptamos alegremente.

Ilusión que necesita que aprendamos y repitamos conceptos muy simples, como ese que dice que el que condena la invasión es un maleante que defiende a Noriega, que las toneladas de bombas que cayeron esa noche sobre el Chorrillo no provocaron el incendio de ese barrio de madera, o que la invasión de hace casi un cuarto de siglo fue una liberación que debíamos celebrar, como en efecto muchos lo hicieron. Una ilusión que necesita que nos olvidemos de la historia, de los muertos, de los motivos, de las bombas, de las balas. Una ilusión que exige que creamos en esa mariposa de colores que llamamos equivocadamente democracia.

Una ilusión de bombas, balas y mariposas.

IMAGINARIO ARISTIDIANUS PANAMEÑO: KREOL CRIOLLO 2010

Kreol Criollo 2010
En la obra de Aristides Ureña Ramos hay un poder especial. Una fuerza que surge de la misma magia con la que este artista veragüense convoca en sus cuadros toda clase de criaturas, paisajes, héroes, villanos y objetos entre los que forman parte del imaginario panameño. Con gran habilidad los hace tomar forma y los reúne para que en cada una de sus piezas nos cuenten sus historias, para que nos expliquen en cada pintura un fragmento del universo mitológico del istmo: compleja cosmogonía nacida del choque, a veces violento, otras veces delicado, de todas las culturas que llevan siglos encontrándose en Panamá. Rica tradición, que a veces parece que se disipa entre la indiferencia pero que, como toda cultura viva no hace más que crecer, alimentándose de las diversas fuentes que no dejan de arribar a este angosto espacio entre dos transitados mares.
Pero esa magia en el arte de Ureña Ramos no es un acto de simple prestidigitación. Tampoco es una habilidad surgida del vacío. Lo que Aristides hace en cada una de sus obras es el resultado de una búsqueda paciente y disciplinada, unida a una capacidad especial que tiene para absorber y entender, asimilar y reinterpretar, tanto el canon occidental como el producto de esa creatividad fértil de los pueblos que en oleadas han llegado a habitar Panamá.

Residente desde 1980 en Florencia, ciudad riquísima en tesoros artísticos en una región ya de por sí prodigiosa, donde había estudiado en la Accademia di Belle Arti entre otras instituciones, Aristides Ureña Ramos es originario de Santiago de Veraguas, en el centro cultural de Panamá. Allí creció observando los detallados altares barrocos de la iglesia de San Francisco de la Montaña, los elementos arquitectónicos de la hermosa Escuela Normal que aloja unos enormes murales de Roberto Lewis, y escuchando historias de abusiones, tuliviejas y otros seres de la mitología panameña. Con su acervo cultural, con toda su formación, con meticulosidad y con un intelecto dedicado, el artista explora los elementos que definen la heterogénea y rica cultura panameña, en sucesivos ciclos pictóricos que ha venido desarrollando desde los inicios de su carrera hace más de 30 años. La más reciente de dichas iteraciones es la presentada en esta exposición que realiza en Panamá la Galería Habitante.

En Kreol Criollo 2010, Aristides nos presenta dos series de pinturas en las que reinterpreta algunas de las leyendas populares de Panamá y explora la variada iconografía de un país rico en tránsito, en comercio y en gente diversa.

En la primera de las series, titulada Atmósferas, mitos y cuentos, el artista veragüense combina diversos elementos de la tradición oral del país en una especie de hibridación artística de la que surgen estas pinturas realizadas, como dice el propio autor, “a la manera criolla panameña”. Hechos de memoria e imaginación que se unen en estos cuadros en los que Ureña Ramos rinde homenaje además a varios maestros de la pintura nacional a quienes declara su punto de partida: las pinceladas y el estilo triunfalista de Roberto Lewis, las atmósferas de Jaime Humberto Ivaldi, lo grotesco de Adriano Herrerabarría, la espontaneidad de las figuras de Mario Calvit y lo onírico y campesino de Carlos Francisco Changmarín. Todo ello alimentado por el estilo de la pintura popular veragüense y lo que Aristides llama el estilo cutarrista, sin olvidar nunca el canon occidental del que el pintor se ha nutrido en abundancia, tanto con obras de los más grandes maestros de la plástica, como con los trabajos del arte decorativo tales como la chinoiserie y esos complejos tapices conocidos como arazzi.

Ay morena, mira pa trás (*)
Poblados con personajes antropomorfos como tío venado y tío tigre, de querubines africanos, hombres peces, bichos raros, caimanes, garzas y hombres y mujeres de todos los orígenes que se mezclan con estos seres extraordinarios en paisajes exuberantes para jugar bola (canicas), bailar pindín, tocar tambor o recoger tabaco antes de participar en la danza del palo de mayo. De alguna manera, al mirar estos cuadros, entendemos mejor eso que significa ser panameño. Y lo hacemos con alegría, con optimismo. Porque todas estas piezas además de contarnos historias, nos transmiten esas emociones que sentimos en las fiestas de los pueblos, en los encuentros de amigos, en el baile e incluso en el trabajo que, cuando está bien hecho, se celebra. Como toda obra verdadera de arte, las pinturas de esta serie nos revelan eso que de alguna manera sabemos pero que no podemos explicar y con lo que nos sentimos tan identificados los que nos llamamos panameños.

Así nos ocurre con los personajes de los cuentos, que Aristides nos presenta heroicos en La patria son los recuerdos y festivos en Cumbia Panamá; en ese origen mitológico de las poesías, que se nos muestra en Los cazadores de estrellitas; en el sensual y pleno en simbolismos Ay morena, mira pa trás, donde hombres de diversas etnias panameñas convergen alrededor del juego de bolas y hacen una alianza de paz mientras las mujeres bailan, sincretizando en su danza (y en la ejecución pictórica de Aristides) las tradiciones europeas, indígenas y africanas; en la magia del Tabaco de mayo, donde tanto seres mitológicos como humanos disfrutan en fraternidad la hoja recién cultivada mientras agradecen, en el baile alrededor del palo de mayo, a unos dioses de origen congoleño que ya no recordamos pero que de alguna manera siguen presentes, en la pintura, en la forma de unos querubines africanos; o en Agua de coco mar en los que todas estas emociones, los bichos raros y personas diversas se unen en celebración, en una especie de rito de bautismo frente al espectador que pronto se da cuenta que está ante una obra que abarca mucho más que la colección de piezas individuales de esta exposición.

Tabaco de mayo (*)

En la segunda de las series que componen este ciclo, que el pintor titula Arabescos aristidianus, Ureña Ramos analiza la idiosincrasia panameña utilizando la imaginería de la cultura popular. Para ello se aprovecha de esos logotipos e iconos mercantiles que abundan en el país del Canal de Panamá, la Zona Libre de Colón y la fabulosa Avenida Central, por los que pasan en abundancia productos de todo origen y naturaleza, y por las que ya el artista ha manifestado mucho interés en algunos de sus ciclos pictóricos anteriores. Símbolos que Aristides combina libremente con las ideografías kitsch que los medios de comunicación masiva, el instituto encargado de promover el turismo y los comerciantes de souvenirs venden como representativos de la cultura panameña: la pollera, la torre de Panamá la Vieja rodeada de palmeras reales, o el clásico barco en cruce frontal por las esclusas del canal. Todo, pasado por el tamiz de la imaginación de este artista que, no podemos olvidarlo ni por un momento, se formó en el corazón de la República.

El resultado son estos cuadros en los que Aristides Urena Ramos parece desdoblarnos y mostrarnos las diferentes caras, diversas aristas, de la identidad de este país habitado desde hace doce milenios, que algunos creen muy jovencito. Como viene haciendo desde la década de los setenta, el artista recoge toda clase de símbolos y estímulos imaginarios sacados de la intimidad panameña, ausculta las entrañas mismas de la identidad cultural del país, y proyecta sus cualidades en un lenguaje pictórico con valores universales.

El rey a caballo (*)
Así nos lo revela en El pintor, donde el personaje aparece desnudo, de espaldas al espectador (en el lenguaje del surrealismo: en introspección) mirando el paisaje kitsch de la torre de la ciudad quemada por el pirata Morgan; en Homus, donde hace algo similar con un personaje muy bien vestido, al estilo capitalino, mirando un rancho en medio de un paisaje interiorano; o en El rey a caballo, donde Aristides juega con los logotipos comerciales y estampas del imaginario interiorano panameño y retrata esa escena conocida en la que el hombre “saca” a la mujer de su casa para llevarla a la suya, obviando todas las convenciones y limitaciones del matrimonio. Al mirarlo, no se puede dejar de pensar en los mitos fundacionales de otros pueblos, como ese rapto con el que se inicia el imperio romano, celebrado con maestría por el escultor Giambologna. Algo similar hace con el manejo de los elementos tradicionales panameños en otros cuadros de la serie, entre los que se destacan La espera, Mary posa, Las Maris posan, Del cielo cayó una rosa y en esa paradoja, que el autor resalta con el Panamá escrito al revés, de La pollera o El Canal de Panamá, en las que se aprovecha de los elementos gráficos de esas banderolas negras made in China que venden a los turistas, donde aparecen también empolleradas o el emblemático canal trazados en tinta blanca o de colores eléctricos.

Pero, de la serie de Arabescos aristidianus, hay tres piezas que se deben resaltar, pues contienen elementos importante en este estudio de la identidad nacional que realiza el artista. En Panamá Paisaje Kreol, Ureña Ramos retrata con mucho detalle el país del tránsito marino, pero en el caso de este cuadro, los barcos que atraviesan el canal fluyen de la ciudad en primer plano, donde una casa de arquitectura antillana con tendido eléctrico define el paisaje, hacia ese inefable campo adentro en el que casas de quincha, bohíos y carretas son los que marcan la escena de ese camino marino hacia el horizonte. Lo que en cierta forma se repite en Panamen Aristidianus, donde el pintor observa acompañado de uno de sus tuliviejos, de espalda al observador, en obvia introspección, el mismo camino marino a través de la nación y en dirección al país interior. Paisaje que nuevamente es referenciado en Canalero, donde el personaje con sombrero a la pedrada camina esta vez desde un paisaje bucólico, parecido al de los cuadros anteriores, llevando la bandera panameña hacia el espectador, en aparente referencia a un Panamá cuyo canal solo tiene sentido para el desarrollo nacional si lo vemos con los ojos de la identidad panameña y no los del beneficio del mundo que tanto repiten muchos sin pensarlo, en especial los políticos criollos.

Panamen aristidianus (*)
Para concluir, quiero destacar los bordes de todas las piezas de este ciclo pictórico, parte integral de cada una de ellas. Territorio liminar, confín entre la realidad y las imágenes fantásticas que nos presenta Aristides, margen sobre el que este artista-pensador nos anota información que no es superflua. En cada uno, vemos los nombres de las obras, títulos necesarios para decodificar este universo aristidianus. Vemos siluetas de seres antropomórficos en actitudes heroicas. Diversos elementos de la vegetación panameña, sobre todo las selvas de inmensos árboles que parecen sostener el mundo desde la parte baja del cuadro. Paisajes campesinos, similares a los que en Panamá se pintaban en los vanos de los buses o en las paredes de las cantinas de algunos lugares del país. Y, rematando todas las esquinas, la pareja formada por un árbol muy robusto y una palmera que baila alegre al viento, homenaje personal de Aristides al hogar donde encuentra el equilibrio, sustento de cada uno de los trabajos de este extraordinario artista veragüense.

En buen momento Aristides Ureña Ramos trae a Panamá Kreol Criollo 2010, colección de poemas pictóricos, verdadero homenaje a la compleja pero apenas explorada cosmogonía panameña, y parada más reciente de esta serie de ciclos, búsqueda denodada, surgidos de la memoria y el amor por la patria que esperamos seguir recibiendo.

(*) Todas las fotos son cortesía de Aristides Ureña Ramos.


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A LOS 49 AÑOS DEL 9 DE ENERO DE 1964


Hace 49 años, el 9 de enero de 1964, el pueblo panameño, armado de piedras, palos y mucho orgullo, se enfrentó al ejército de los Estados Unidos después que en un acto cobarde rompieron la bandera que un pequeño grupo de estudiantes quería izar en tierra panameña. ¡No podíamos izar la bandera panameña en Panamá!

No era la primera vez que con fuerza nos reprimían. Desde mediados del siglo XIX el país norteamericano utilizaba el poder de su ejército para imponer sus intereses a las naciones del Istmo centroamericano. Y cada vez que ocurría en Panamá, los incidentes terminaban con el pago de grandes sumas de dinero exigidas por supuestos daños, sobre la base de un tratado ilegal que nos impusieron en 1903.

Pero esta vez fue diferente. El presidente panameño Roberto Chiari rompió relaciones diplomáticas con Estados Unidos, cosa que no había hecho antes otro país de América Latina, hasta que se negociara un nuevo tratado. La diplomacia panameña actúo con rapidez y eficacia y, aunque el país dejó ese día 22 muertos, se logró que Estados Unidos y todo su ejército saliera de Panamá. No fue sencillo. Tuvimos que esperar tres décadas. Y en el camino hubo más muertos. Pero triunfamos. Nuestros mártires no murieron en vano.

Las banderas que se sembraron florecieron en el Panamá del siglo XXI.


Mártires del 9 de enero de 1964: Ascanio Arosemena, Luis Bonilla, José Del Cid Cobos, Maritza Ávila Alabarca, Teófilo Belisario De La Torre, Gonzalo A. France, Víctor M. Garibaldo, José Enrique Gil, Ezequiel Meneses González, Víctor M. Iglesias, Rosa Elena Landecho, Carlos Renato Lara, Evilio Lara, Gustavo Lara, Ricardo Murgas Villamonte, Alberto Nichols Constance, Estanislado Orobio W., Jacinto Palacios Cobos, Ovidio L. Saldaña, Rodolfo Sanchez Benítez, Alberto Oriol Tejada, Celestino Villareta.

VICTORIANO LORENZO, LA MODERNIDAD Y EL FOTOPERIODISMO


Al pensar en Victoriano Lorenzo, en mi memoria se mezclan: el ser humano que participó en la Guerra de los Mil Días, el personaje de la novela de Ramón H. Jurado y de las leyendas que se repiten, y el héroe con rasgos mitológicos que alza su voz y, en nombre del pueblo, lucha contra las injusticias del sistema de poderes que, al menos desde hace 500 años, hemos padecido en Panamá. De eso no puedo decir nada nuevo, hay mucho para leer.

Muerte de Victoriano Lorenzo (presione sobre las fotos para ampliar)
Pero, como casi todo en mi memoria, antes que el personaje de estudio, Victoriano Lorenzo es una secuencia de imágenes: el hombre sentado ante sus improvisados jueces militares, vestidos con pomposos uniformes; el prisionero conducido hacia el final acompañado de un grupo de hombres armados en trajes oscuros, un tamborilero vestido de blanco y un perro tinaquero en lo que entonces se llamaba la Plaza Chiriquí; Victoriano en ese dispositivo oscuro frente al muro blanco al que lo amarraron y vendaron y en el que los curas le dieron la extremaunción; la persona ejecutada por este pelotón de fusilamiento disparando a muy corta distancia; y la imagen más poderosa de este imaginario, el cadáver del héroe de leyenda aún en esta especie de cepo, observado por las dos figuras en negras sotanas con biblias en la mano, erguidas sobre el muro blanco en el que hoy hay una placa y los domingos en la tarde venden raspao, molas y sombreros ecuatorianos.

No sólo son fotografías impactantes. Para mí, de forma simbólica, la muerte de Victoriano Lorenzo narrada en imágenes pocos meses antes de la fundación de la República, marca el momento en que Panamá entra de lleno al modernismo. Una vida de lucha que no termina con la muerte, que marca el paso hacia el futuro.

Algunos dicen que el fotoperiodismo nació en Alemania en 1925 con la invención de la cámara Leica y las primeras publicaciones de este tipo de reportajes. Al menos el fotoperiodismo moderno en el que el fotógrafo hace crónica de los hechos que observa, sin intervenir, con objetividad y utilizando técnicas narrativas. Es cierto que hay ejemplos previos de fotografías usadas para periodismo, sobre todo de 1890 en adelante cuando los periódicos pudieron imprimirlas por primera vez, pero se trata de ilustraciones y no historias contadas en imágenes como esas que se empezaron a publicar en la década de los 20 en Alemania. El mejor ejemplo, en Panamá, son las escenas tomadas durante la construcción francesa del canal y otras escenas de la Guerra de los Mil Días. Y es que el tamaño y dificultad técnica de uso de las cámaras, además de la poca sensibilidad y complejidad de manejo de las placas de material fotosensible, hacían que la fotografía fuera un oficio complicado, limitado a capturar la imagen de personas que posaban rígidamente para el fotógrafo, multitudes al aire libre o inmutables paisajes.

Para mí, esta secuencia de imágenes documentales tomadas un 15 de mayo hace 109 años, no sólo es un excelente ejemplo de crónica fotoperiodística, sino que es un ejemplo de modernismo: la tecnología al servicio de la historia, al servicio de la información, utilizada de manera anticipada en ese Panamá en el que se luchaba y se moría, multitudes en los campos de la guerra, pero sólo un hombre frente a un pelotón.

A manera de epilogo, poco tiempo después de fusilado Victoriano Lorenzo, fuerzas militares destruirían el periódico El Lápiz, que anunciaba en las paredes de la ciudad de Panamá la edición número 85 del 24 de julio de 1903, especial sobre el fusilamiento del líder coclesano. José Sacovir Mendoza, director del diario, fue brutalmente golpeado. Las instalaciones, destruidas. Los tipos de metal con los que se diagramaba el periódico, dispersadas en las calles. Ejemplo de lo que en Europa y Estados Unidos se llamaría en esa misma época 'nuevo periodismo', en El Lápiz se viviría por primera vez en el siglo XX panameño lo que se repetiría una y otra vez hasta el presente: la censura violenta de la prensa.

LOS DIOSES ANTIGUOS: DIABLOS, DIABLICOS Y OTROS SERES DE LA MITOLOGÍA PANAMEÑA



No puedo evitarlo. Sueño llegar de madrugada a la vieja casa en Santiago. La calle cubierta de una neblina húmeda, estancada. Los grillos compitiendo en su canto oscilante con la vibración regular del farol blanco verdoso que ilumina la escena como en un vieja película de terror inglesa. Y no puede faltar: un perro tinaquero pasa silencioso, perdiéndose en la noche, difuminado.

Entro a la casa oscura y la luz del patio que se mete por una ventana me guía entre los muebles de siempre. Cascabeles y golpes, como manotazos, se escuchan en el patio. A lo lejos, muy a lo lejos, unos gallos se turnan insistentes en sus cantos.

Me asomo y los veo, algunos de pie, otros sentados en viejos taburetes: un grupo de hombres con plumas de aves y caretas de diablos horrorosos, discuten en un idioma infernal de bufidos y gruñidos. El olor a guarapo es intenso. Con seguridad, me acerco al más espantoso y mejor vestido de todos, mientras el silencio se apodera de los demás, y de un manotazo le arrebato el bastón.

El hombre, imponente, se pone de pie. Se lleva la mano a la máscara, la voltea hacia la nuca, me mira desde un rostro lleno de mucho de lo que a diario veo cuando miro en el espejo, y me habla en pájaro, el idioma que comparten aves y chamanes.

En ese momento despierto y comprendo. No son diablos, son los dioses que, enmascarados, regresan cada año.



(Presione en la imagen para agrandar)

La tradición de los diablos perteneció a mi familia la primera mitad del siglo XX. Mi bisabuelo, artesano dedicado, confeccionaba las máscaras de los Gran Diablos y, a su vez, era un reconocido bailador. Mi bisabuela cosía la vestimenta de los diablos, así como polleras y otros trajes típicos. Mi abuelo y sus hermanos, aún jóvenes, participaban en los trabajos requeridos, que no eran pocos. Pero, en algún momento, todo se detuvo. La tradición se perdió. Por alguna razón que aún no he podido dilucidar, abandonaron la costumbre. Podría decirse que el espíritu de los diablos abandonó esa casa de artistas, músicos y artesanos. Mi bisabuela siguió haciendo polleras, montunos y otros trajes, pero nunca volvió a confeccionar trajes para Gran Diablos. Y las máscaras nadie volvió a hacerlas, pues de un momento a otro los diablos dejaron de bailar en Santiago de Veraguas.

Años después, alguien le pidió a mi bisabuelo que volviera a organizar los bailes. Lo llevaron ante un grupo de muchachos pero, decepcionado por la falta de seriedad e interés, y quizás un poco por su personalidad muy severa, pronto abandonó el proyecto. Mis bisabuelos murieron en la década de los setenta, a una edad avanzada, y con ellos desapareció definitivamente la tradición de los Gran Diablos en Veraguas. Aunque no murió allí. Aún se celebra en otros pueblos del interior de Panamá. En algunos se ha hecho por cuatrocientos años en una tradición traida por los españoles y que en América se enriqueció notablemente con la influencia indígena y negra.


(Presione en la imagen para agrandar)

El origen del baile ritual de los diablos se ha perdido en el tiempo. Aunque diablos, caretos, correfuegos y otras criaturas similares son comunes en toda la Península Ibérica, la estructura del baile que conocemos hoy, siglo xxi en Panamá, es de origen catalán (según el folclorista español Joan Amades, las referencias escritas más antiguas que conocemos son del siglo XII, varios siglos antes de que la Iglesia Católica instaurara la celebración del Cuerpo de Cristo), pero el trasfondo es tan antiguo como la humanidad misma, con elementos comunes a todas las culturas: es la lucha entre el bien y el mal por el poder, por la luz, por el fuego que hará que, quien lo controle, domine el mundo.

En Mesoamerica, y en Panamá es igual, son los antiguos dioses de las naciones originarias del continente, obligados a esconderse bajo rostros horrorosos, con colmillos y pelos bestiales, convertidos en criaturas extrañas, que hoy sólo se les permite volver el día de Corpus Christi, a mediados de junio, al mediodía del solsticio de verano boreal.

Así, doses-diablos, arcángeles, el sol del mediodía durante el día más largo del año como trofeo (el sol en su poderosa plenitud), un toro salvaje de origen evidentemente mediterráneo y otros animales con cualidades humanas, son usados como símbolos de esa lucha eterna entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad. Eso era lo que se hacía en el Santiago de Veraguas de mis mayores hace setenta años y más. Es lo que hoy se hace en la Villa de Los Santos, en Portobelo, en Parita, en Garachiné y en todos los lugares, en Panamá o donde sea, en que los Dioses-Diablos salen a tomarse el mundo.


Fotos por el autor durante el Corpus Christi en La Villa de Los Santos en 1994. De arriba abajo, izquierda a derecha: Gran Diablo, el Torito Guapo, la Montezuma Cabezona, las Mojigangas, la Danza de los Gallinazos, las Danza de las Enanas y la Danza de la Montezuma Española.

LOS GRAN DIABLOS DE SANTIAGO DE VERAGUAS

Por José Luis Rodríguez Vélez (*)

La fiesta de los Gran Diablos se celebraba hasta hace unos cuarenta años [nota: este artículo es de principios de la década de 1970] en Santiago, capital de la provincia de Veraguas. Los Gran Diablos se presentaban generalmente en el Corpus Christi y en algunas ocasiones como parte de las fiestas patronales del 24 de julio, fiesta del Santo Patrón Santiago Apóstol o para las conmemoraciones patrióticas del Tres de Noviembre. Casi siempre los encargados de organizar y presentar la danza eran gente del pueblo, de las clases populares. Sin embargo, aunque muy ocasionalmente, también formaban parte del grupo algunos de los “ñopos” de la calle segunda. El grupo estaba formado por doce diablicos, cuyas figuras principales por orden de jerarquía eran el Diablo Mayor, el Capitán, el Apuntador, el Jorasquín del Monte, el Mono, el Gallote, el Puerco, el Torito, las tres Diablas, que eran las mujeres de los tres diablos principales, y algunos otros diablos menores. Cada uno de ellos representaba un papel determinado de acuerdo con el animal señalado, todos ellos propios de nuestro ambiente panameño.

La representación
El acto se presentaba en La Placita, como aún se llama a una pequeña plaza central en Santiago. Está ubicada frente al edificio donde hoy está la Biblioteca Pública Julio J. Fábrega, encerrada por un círculo de edificios dedicados a actividades comerciales que constituían el escenario perfecto para la representación. En esa misma Placita se realizaban las corridas de toro para las Fiestas Patronales y para las Fiestas del Tres de Noviembre.

En la madrugada del día de la representación, los diablos se concentraban en una casa que representaba El Infierno y de allí hacían sus salidas siguiendo un orden determinado y en horas precisamente señaladas. El que primero hacía su aparición era El Apuntador que salía exactamente a las siete de la mañana y que después de realizar su danza se dirigía a una mesa previamente colocada en donde estaban preparados los útiles necesarios para su labor de apuntar o anotar los nombre y los títulos de los diablos a medida que éstos iban saliendo, de uno en uno, y cada uno con una danza de especial coreografía, procedentes de los antros del Infierno. El Apuntador era el que después de realizada una serie de experimentos con espejos, sextantes y otros aparatos que dirigía hacia el sol y hacia diferentes puntos del cielo, indicaba el momento para la salida de cada uno de los diablos. Todo se realizaba en forma calculada para que la salida del Diablo Mayor se produjera a las doce en punto del día.

Salen los diablos
Después del Apuntador salía el Mono. La salida de este diablo era esperada con gran interés por la muchachada porque inmediatamente el mono iniciaba sus cabriolas en las ramas de un árbol que estaba sembrado en el centro de La Placita especialmente para ese objeto. Seguidamente salía el Gallote que se dirigía inmediatamente hacia el Mercado Público, cercano a La Placita, para tratar de llevarse las “varas” de tasajo de carne, una de las formas en que se vendía la carne en aquella época. Así, en sucesión, iban saliendo los demás diablos y diablas siguiendo siempre el orden establecido.

Causaba sensación la salida del Jorasquín del Monte, el único entre los diablos vestimenta y máscara diferente: la máscara era una totuma con agujeros para la vista y pintada con rasgos de bruja. Recordemos que, según la leyenda, la Tulivieja tenía en lugar de rostro una totuma agujereada. El vestido del Jorasquín del Monte estaba confeccionado con hojas o hierbas a semejanza del usado en ciertas tribus africanas.

El Jorasquín del Monte era el diablo más temido por la chiquillería. Complementaba su vestimenta, además de la máscara de totuma y del traje de hojas y hierbas, con largas uñas de lata puntiagudas y afiladas que entrechocaba continuamente para producir un ruido impresionante. Los muchachos se asustaban al verlo o fingían que se asustaban pues el Jorasquín del Monte los perseguía para evitar que se acercaran a estorbar el baile de los diablicos. El Jorasquín era tan temido que mucho tiempo después de las representaciones de los diablicos las madres asustaban a sus hijos para controlar sus travesuras y para que cumplieran sus tareas escolares u hogareñas, amenazándolos con la presencia del horrible diablico.

A las once de la mañana hacía su aparición el Diablo Capitán. A las doce en punto, previa comprobación de la hora exacta por el Apuntador, hacía su solemne salida el Diablo Mayor, cuya aparición constituía un gran espectáculo esperado por los espectadores tanto por la lujosa vestimenta que lucía como por la elegancia y riqueza rítmica de la danza que realizaba. Por supuesto, el Diablo Mayor era un personaje cuidadosamente seleccionado, precisamente por su habilidad en los diferentes pasos y giros de la complicada danza que le correspondía realizar y que estaba acompañada por el estallido de “moñas” de cohetes.

El Diablo Mayor
Después de realizar su baile, el Diablo Mayor subía a la torre que formaban todos los diablicos juntando las cabezas en señal de sumisión y pasando los braos sobre los hombros de sus compañeros. Sobre ellos trepaba el Diablo Mayor que desde lo alto de la torre pronunciaba un discurso adornado de bufidos y rugidos y dirigido tanto a sus súbditos como a su público. El discurso estaba compuesto en versos y en el expresaba el Gran Diablo su poderío y su grandeza.

Realizada esta impresionante ceremonia que duraba cinco horas desde la salida del primer diablo hasta el discurso luciferino, el grupo de Gran Diablos desfilaba por las calles del pueblo y hacían paradas en las casas de los amigos y admiradores de mayor importancia y categoría social y económica, en cada una de las cuales eran agasajados con viandas y tragos. En cada parada, el grupo realizaba diferentes danzas llenas de color y ricas en variados pasos. La fiesta terminaba al atardecer, aunque no era raro encontrar ya en horas de la noche algunos diablos sueltos que, bajo los efectos del licor, continuaban sus danzas solitarias en medio de la admiración y regocijo de los curiosos.

Vestidos de los diablos
El vestido más lujoso era el que utilizaba el Diablo Mayor y consistía en pantalones tipo bombachos cortos de seda negra, camisa de seda azul, chaleco negro, zapatillas de raso de color —parecidas a las que usan con la pollera—, medias largas hasta la rodilla entrelazadas con cintas de colores y grandes alas multicolores. Todo el vestido estaba adornado con pequeños cascabeles que tintineaban alegremente al bailar. Se cruzaba el pecho con una ancha faja cubierta de pequeños espejos en los que se reflejaba la luz del sol para producir destellos. Terminaba el atuendo con la máscara que era especialmente llamativa por la horrible originalidad de los rasgos, la viveza de los colores, la largura y agudeza de los cuernos y la fascinante impresión de los ojos. Detrás de la máscara, cayendo desde la nuca del personaje, colgaba una especie de moño confeccionado con un tubo cónico de cartón adornado con papeles multicolores que semejaban plumas de aves. En las manos llevaba el Diablo Mayor una especie de cetro o bastón de mando que utilizaba tanto para realizar los pasos de sus danzas, entrecruzándolo entre los dedos y haciendo juegos malabares en el aire como para dar órdenes a sus diablos subalternos y al público.

Los vestidos del Capitán y del Apuntador eran parecidos a los del Diablo Mayor, aunque más modestos y sin alas. Las tres Diablas, mujeres de los jefes, vestían polleras, pero sin tembleques porque las máscaras les impedían llevar adornos en el cabello. Los vestidos de los otros diablos eran ropa blanca corriente, pero manchados con anilina y yuquilla de variados colores, y las máscaras de cada uno de ellos eran confeccionadas de acuerdo a los rasgos característicos del animal que representaban.

Las máscaras
Las máscaras, que representaban cabezas de animales, eran verdaderas obras de arte. Mi padre, que era el encargado de confeccionarlas, usaba un barro especial de color negruzco o gris oscuro que no se desmoronaba cuando se secaba y que se conseguía en un lugar de las afueras de la ciudad denominado El Barrero, que hoy está completamente urbanizado. Mi padre, con habilidad artística, daba formas al barro de acuerdo con el diablo o animal cuya cabeza debía representar. Cuando los moldes escultóricos estaban secos, eran cubiertos con una capa de parafina o sebo de vaca para evitar que se pegara el papel de periódicos que habría de cubrirlos para formar la máscara.

El papel se iba colocando en forma de tiras engomadas, unas sobre otras, hasta darle a la cubierta el espesor necesario que sería equivalente al espesor del cartón grueso, pero no excesivamente porque la máscara no podía resultar muy pesada. Terminada la cobertura de papel, se ponía a secar al sol junto con el molde de barro del interior. Cuando el sol completaba su tarea, el barro seco se contraía y se desprendía fácilmente de la cubierta de papel.

Ya desprendida lo que sería propiamente la máscara, mi padre procedía a la decoración. Utilizaba pintura de colores llamativos, vivos, brillantes, especialmente diversas tonalidades de rojo, amarillo, verde, negro y azul. El resultado final era una verdadera obra de arte escultórico y pictórico.

La danza y la música
La danza de los Gran Diablos consistía básicamente de tres movimientos que se realizaban de acuerdo con la música, que también incluía tres partes. El primer paso consistía en una serie de vueltas en círculos concéntricos. El segundo paso era una serie de saltos que requería una gran agilidad de piernas, porque se sincronizaba el cruzamiento entre las piernas de un bastoncillo hecho de matillo y adornado con papel de colores que, generalmente, incluía algunos cohetes. El tercer paso era un escobillado rápido de los pies en armónica conjunción con las notas musicales, especialmente de la caja. El Diablo Mayor era siempre el mejor bailarín del grupo y por eso constituía todo un espectáculo cuando los diablicos hacían dos filas para que pasara bailando entre ellos.

La orquesta consistía en un rabel, una mejoranera y una caja pequeña. La salida de cada diablo se realizaba al compás de la música de esa orquesta y lo mismo cuando el grupo paseaba por las calles de la ciudad realizaba alguna de sus paradas.

Reitero que la música se dividía en tres partes o movimientos a los que el diablo bailador debía ajustar los pasos de su danza. Aún viene a mi mente los nombres de los grandes bailadores y Diablos Mayores como Ramón Adames, Pablo González y Alberto Jaramillo, cuya apostura y vistosidad de bailes fueron la admiración de varias generaciones de santiagueños que todavía recordamos nostálgicamente a un Santiago que se fue hace muchos años.

Como se puede observar a través de este bosquejo que, seguramente, peca por algunos detalles que se me pueden haber olvidado, había muchas diferencias entre los Gran Diablo de Santiago, en sus danzas, vestidos, música y orquesta con los otros diablos, diablicos o Gran Diablos de otras regiones del Panamá.


(*) José Luis Rodríguez Vélez (Santiago de Veraguas, 1915 – Panamá, 1984), compositor, director de orquesta y educador veragüense. Autor de docenas de cumbias, boleros, danzas, pasillos, valses, marchas e himnos de colegios e instituciones. Fundador y director de la orquesta "El Patio" y de varias bandas, orquestas, coros y agrupaciones musicales en su natal Santiago y en Soná. Como intérprete, se destacó en el saxofón, el clarinete y la guitarra. Profesor de música, organizador de festivales musicales y encuentros de bandas y coros. Fue declarado Hijo Meritorio del Distrito de Santiago en 1966. El Gobierno de Panamá le otorgó la Condecoración "Manuel José Hurtado" en 1975 por su labor educativa.