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NUEVAS CIRCUNSTANCIAS

—Esa última vez pudiste ser mía

—Me atemoricé.

—Aún serías mía.

—No quería perder el control. ¿Recuerdas que te lo dije?

—Nunca debí llevarte a clases.

—Al día siguiente... Sólo tenías que esperar un día más.

—Sabes que no pude.

—Me hiciste perder el control. Y ese día tenía un examen. Y era el patio de la universidad. Te propasaste...

—Tú lo deseabas.

—Entiéndeme. Eran muchas circunstancias en contra de ese momento. No debiste llevarme. Sólo tenías que esperar un día más.

—Pero igual, no quisiste nada al día siguiente. Ni siquiera me besaste. Me pareció absurda tu actitud.

—Me ponías nerviosa. Ya lo sabes. No quería que tuvieras ese poder sobre mí.

—Pero el jueves igual lo hice, y sólo faltó un poquito para adelantar el viernes.

—Y ahora las circunstancias serían distintas.

—Nunca comprendí por qué actuaste ese viernes así. No me gustó sentirme rechazado.

—No lo hice por herirte. Entiende. Fui cobarde. Tuve miedo de enfrentarlo. El miedo de empezar una vida de cero fue atroz, pudo más que yo.

—Pero, al no aceptarme, empezaste igual una nueva vida.

—Siempre es posible volver a empezar.

—Cierto a veces. Pero otras muy tarde.

—¿Y en ésta? Quisiera empezar contigo. El control no me preocupa. He aprendido la lección.

—¡Pero es que no comprendes! ¿No te das cuenta de las circunstancias en las que estamos?

—Sólo son eso: circunstancias.

—Pero, él te mató. Entiéndelo. Estás muerta. Has muerto.

—Y, ¿qué diferencia hace?


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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en la Revista MAGA #60-61, Panamá, 2007.

UN OSCURO INCIDENTE

Un hombre vestido de negro perfecto camina por el solitario hospital. Quedan poco más de seis minutos de plazo para que las dos manecillas del reloj se encuentren en cero. Una que otra luz ilumina con dureza partes del oscuro pasillo por el que avanza. El calor es inhumano, la humedad hincha la atmósfera. En cama los enfermos sudan su dolor.

La figura gira en la esquina y se le puede ver algo mejor. Lleva un ramo diminuto de flores blancas.

El silencio casi perfecto es roto por un quejido triste. Un colchón cruje al moverse un enfermo insomne. Alguien tose con fuerza al tratar de expulsar algo más que sólo flema. Extrañamente, no hay médicos, no hay enfermeras. La soledad es rotunda.

Finalmente llega a la habitación. La 121. Ocupada por tres hombres. Dos duermen profundamente, sedados tal vez. El tercero lo mira y dice sereno:

—¿Ya es hora? Finalmente veo tu rostro.

El hombre de negro camina a su lado y coloca las flores en un vaso de agua junto a la cama. El otro las mira resignado, y luego a la oscura figura.

—Apura. Acaba ya con lo tuyo —le dice inquieto.

Con lentos gestos, el umbrío personaje toma una gran almohada y la coloca sobre el rostro del otro. La presiona y pacientemente espera a que transcurran completos cinco minutos. La tiende de nuevo en su lugar y tranquilo se retira.

Al amanecer reportan muerto a uno de los pacientes de la habitación 121. Escriben que fue por causas naturales, quizás por su edad avanzada. Había sido ingresado para un examen. Por dolores. Lo sacan y entregan las pertenencias a los familiares.

Nadie vio jamás al hombre de negro. Nunca nadie reclamó las flores blancas que fueron a dar a un tinaco de plástico.

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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en esta página.

LA ANGUSTIA

Doble sueño, doble visión, dos historias muy distintas la una de la otra y un sólo gesto misterioso en cada una. Una mueca irracional, angustiosa, que aún no comprendo y se resiste a todo análisis, negándose a pasar siquiera por los mecanismos lógicos más elementales de mi mente.

Pero no indaguemos más. Mejor hagamos de las dos alucinaciones una única ficción.

*****

—Hazme el amor.

—La cuenta, por favor.

Entran al auto estacionado a la entrada del restaurante. La gente pasa. El letrero luminoso brilla con intensidad.

Se besan con ardor.

Ella en sus brazos. Él la acaricia, mientras la abraza con ternura. Le desabotona la blusa y, con placentera delicadeza le toma un seno, luego el otro.

—Vamos, aquí no.

Se componen y salen raudos de allí.

Antes de que les abran la puerta metálica, él le desabotona nuevamente la blusa y, con un rápido y preciso movimiento en la espalda, le quita el sostén. Ella, con torpe desesperación le arrebata la corbata y lo despoja de la camisa.

El anónimo anfitrión abre finalmente la entrada y ambos quedan al pie de la cama. Él sentado. Ella de pie, desnuda desde la cintura.

Él la besa en el abdomen, con creciente excitación y una ternura especial. Pero al mirar de pronto hacia arriba, ve en su rostro un gesto que no comprende, pero que inmediata e irremediablemente perturba la paz de su alma y le llena de angustia.

Nada sucede entonces, y esa noche sueña con la más terrible mortificación.

*****

La procesión de negro sale de la iglesia. Al frente, un ataúd funesto es cargado por seis hombres de luto perfecto. La carroza espera con la puerta abierta.

—¡En andas, hasta el cementerio!

La puerta se cierra y los seis encabezan la marcha con su aciaga carga, seguidos por el coche vacío.

El silencio es roto sólo por el cuero al golpear el asfalto.

El calor, producto supremo del sol, es intenso. En el camposanto han abierto un vientre en la tierra y dos hombres esperan sin prisa, apartados, para cerrarlo de nuevo.

El féretro es colocado sobre las dos cintas del mecanismo que lo bajará despacio, en silencio mortuorio, hacia el fondo de la cavidad. Antes de accionarlo, el más triste de los seis lúgubres hombres se acerca al cajón y levanta la ventanilla de la tapa para mirarla por última vez.

Y al mirar, ve con horror ese gesto que aún no comprende, que después de tanto tiempo vuelve para perturbar una vez más la paz de su alma con la más terrible angustia.

Nada más sucede. Y esa noche, que ahora se hace eterna, sueña con la más terrible mortificación.


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© José Luis Rodríguez Pittí
Publicado por primera vez en el libro "Crónica de invisibles" (UTP, Panamá, 1999).