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ESCRIBIR EL CARIBE DESDE EL NORTE DEL NORTE

Cae la nieve desde temprano sobre la ciudad de Toronto. Los niños caminan hacia la escuela y yo avanzo con ellos. Cuando nieva, el aire se vuelve más transparente y parece que las ideas pueden fluir de manera más rápida. Como harina cernida, la nieve cubre las aceras y jardines, y es más fácil moverse en las misma calle por la que lentos transitan los vecinos en sus autos, cuidándose de no derrapar. Además, los encargados del municipio desde temprano las han cubierto de gruesas partículas de sal que alteran la química del agua impidiendo que se congele a cero grados. Pronto pasarán vehículos especializados empujando la nieve acumulada, limpiando las aceras, regando en cada camino más sal y todo estará controlado. Pero, de momento, todos nos movemos en la calle. Me concentro en mi hijo y lo observo a sus siete años caminando conmigo hacia el colegio. En Panamá no tenemos aceras para movilizarnos. En Panamá, la ciudad capital de Panamá, una de las ciudades más ricas del Caribe, no hay aceras para caminar. En Panamá, ni siquiera existe un servicio funcional de taxis o buses o de recolección de la basura. Y a muchas escuelas lejos de ese centro millonario sólo puede llegarse tras una aventura llena de peligros en los que cada año pierden la vida un número terrible —criminal— de maestros y niños.

Pero Panamá es considerado en la región como un país privilegiado. Cuando los españoles se aparecieron perdidos por esas tierras hace quinientos y tantos años alguien les dijo que al sur, en los mismos límites de ese territorio al que acababan de llegar, había otro mar con unos artistas del oro superdotados, capaces de hacer piezas de una belleza extraordinaria, en un poblado que —ahora se sabe— tenía más de dos mil años de antigüedad y, al parecer, se conocía con el nombre de Panamá. Y entonces, al igual que ahora, donde hay orfebres, debe haber oro o, al menos, debe ser el paso obligado de la ruta de los tesoros de Abya Yala. Y no se equivocaron. Buscando las fuentes del oro descubrieron plata. Y a esa ruta antigua pusieron uno de los pasos más importantes de lo que el historiador Alfredo Castillero Calvo ha llamado "la primera globalización": plata extraída del Perú viajando en cantidades inmensas hacia México y luego a la China, sedienta de ese mineral agotado en ese vasto territorio y que necesitaba para hacer funcionar un imperio inmenso, mientras que de China enviaban de vuelta manufacturas de toda clase para alimentar a una Europa que se maravillaba con objetos que le eran desconocidos, con materiales fabulosos, con productos como la porcelana que se tardarían cientos de años en poder confeccionar con calidad similar. Eso y las riquezas robadas a fuego y espada, y la gente que, extraída a la fuerza de su tierra —como si fuera un recurso natural inanimado— o de forma voluntaria —con la promesa de una riqueza fácil (estaban convencidos que iba al País de la Cucaña, donde los jamones saltan ya cocidos de un lado a otro del camino y los árboles dan monedas en lugar de frutos)— circula desde entonces entre África, América, Asia y Europa, pasando precisamente por ese Panamá que ya menciona con su nombre y cualidades Lope de Vega en 1613.

Pero el país donde nací no es diferente a los otros de esa zona que encierra el mar Caribe. Los países de los archipiélagos antillanos y de ese archipiélago imaginario que es Centroamérica, como le ha llamado el poeta salvadoreño Miguel Huezo-Mixco, ese «todo fracturado, desconocido, diverso, contradictorio [...] que parece pudrirse y, sin embargo, pervive». Ese territorio que limita a un mar en el que pululan piratas y corruptos y por el que han circulado multitudes provenientes de todos los confines del planeta, sembrándolo de una riqueza cultural extraordinaria, parece que existiera sólo para ser explotado de forma rápida y brutal. En el Caribe en el que nací se debe sobrevivir a pesar de la violencia más exagerada del mundo y de la pobreza más injusta: en el Caribe en el que nací, las políticas públicas de todos sus países están dedicadas a la construcción de colosales infraestructuras para el tránsito marino, para las reexportaciones o para las grandes explotaciones de recursos naturales. El Caribe en el que nací es un sólo gran corredor comercial donde el ser humano no se desarrolla aunque podría hacerse extraordinariamente rico, como ese hombre de La dama boba que "viene de Panamá, con cadenita de oro al cuello, vienen de Panamá, gran jugador del vocablo, viene de Panamá, no da dinero y da manos, viene de Panamá".

Regreso mi atención a los niños en la nieve. Ya hemos llegado a la escuela y entre todos hicieron una gran bola de nieve y tratan de colocar otra más pequeña encima. Terminado el proyecto, mi hijo y otros niños se deslizan de una pequeña pendiente y a mi mente viene clara la voz severa de mi padre advirtiéndome sobre la nieve que ahora se le debe colar en las botas y la ropa que no es impermeable y que se le derretirá al entrar a clases, mojándolo todo. Pero mi padre, aunque tiene razón, nunca estuvo en este paisaje, que parece una escena pintada por William Kurelek que desde un marco que de alguna manera debe existir alrededor de nosotros, se ríe divertido. Empiezo a llamarlo para advertirle, pero ya el reloj marca la hora de entrar a clases y los niños corren. Mi hijo, preocupado me dice "papá, no encuentro mi mochila". Miramos alrededor de ese paisaje blanco perfecto y no vemos nada. De alguna manera se ha esfumado (Kurelek sigue riendo y desde fuera del marco otros espectadores de seguro reirán por mi desesperación).

Reminiscencias de la juventud (1968, Art
Gallery of Ontario) de William Kurelek

Pero no importa. Mi mente sigue su viaje: mi hijo que apenas tiene siete años nunca ha estado en la escuela en Canadá y lo llevo al colegio panameño. Allí todos con uniformes perfectamente almidonados y cortes de cabello regulados por las autoridades escolares hacen filas ordenadas bajo el sol para cantar un himno y jurarle a una bandera. Estos son niños privilegiados. Asisten a una escuela manejada por una orden de sacerdotes católicos y, además de los símbolos de una nación que es igual a las naciones vecinas en el Caribe, aprenden que de ese colegio han salido varios presidentes, incluyendo uno que ya no mencionan porque en este momento está preso, esperando juicio, y aprenden ciertas marcas especiales que sus compañeros y los padres exalumnos de algunos de ellos llevan como signos de pertenencia a una organización exclusiva que dirigirá al país y entre cuyos miembros es necesario ayudarse. Algunos estudiantes mayores con sables y mosquetes de juguete custodian las insignias del colegio y dos de ellos con rangos de mentira adheridos a sus quepis militares izan la bandera junto a una estatua de Santa Juana de Arco, instalada por un presidente exalumno que la sacó a la medianoche de un fin de semana de un colegio público en un edificio histórico de la ciudad.  

Estos niños son los privilegiados. Son los que harán en el futuro las grandes obras de infraestructura y administrarán los gobiernos diseñados para la explotación brutal de la que se encargarán algunos bendecidos por alguna tradición que une a ciertas personas o ciertos apellidos con esos llamados 'negocios' que suman tanto dinero que hacen de Panamá un país con un producto interno bruto per capita altísimo. La mayoría de los contemporáneos de mi hijo no tienen ni siquiera escuela a la que asistir. En Panamá la educación es una especie de utopía. A medida que uno se aleja del centro de la ciudad, las escuelas van desapareciendo, convirtiéndose primero en edificios cada vez con menos mobiliario, luego en ranchos y finalmente en un techo de paja y una tabla en la que un maestro escribe lo poco que puede enseñar a niños desnutridos. Pero es difícil ver esas escuelas: los que asisten a ellas, incluyendo a los educadores, deben recorrer cordilleras en las que no hay caminos y cruzar ríos caudalosos sin ahogarse. En las ciudades sí hay el edificio con un mobiliario básico que se compran o modifican con licitaciones millonarias. Pero no existe el sistema de enseñanza. A esas escuelas asiste un niño que conocí una vez y que no habla con nadie.

«Corriendo me voy hacia el cuartel de bomberos. Un gentío observa alrededor del cadáver de un niño de unos ocho años con tres balazos en la cabeza. Una mujer de ropa extraordinariamente apretada grita mientras dos más la sostienen, como si evitaran que se le fuera a abalanzar a un enemigo. Unos chiquillos señalan al muerto y se ríen mientras dicen vulgaridades; uno de ellos se acerca y le mete un dedo en el ojo. Y es entonces cuando lo veo. Me siento aliviado que el muerto no es Guachimán, callado y serio, invisible entre todos. Observando. Aguaitando.»

«A sus ocho años Guachimán ha sido testigo de más violencia que la que yo he visto simulada en televisión. Hace una semana vio cómo mataban a su vecina disparándole en la cara y cómo luego la policía entraba armada al edificio y, en una confusión que nadie ha podido aclarar, mataron a tiros a un bebé, hiriendo a la mamá que nadie sabe si sobrevivirá. Todo los días ve en los basureros como aparecen cadáveres, a veces fetos, a veces mujeres, de vez en cuando un piedrero que fumó más de la cuenta. La violencia lo rodea, la violencia lo persigue, la violencia trata de apoderarse de sus sueños de niño; hace dos años la violencia fue la que obligó a su abuela a mandarlo a esta ciudad después que mataron a su papá a machetazos en su isla. Tranquila isla en el Caribe a la que Guachimán anhela volver.»

Anhelar el Caribe. Camino por una sección muy especial de Eglinton West, una avenida larguísima que divide a esta ciudad rectangular por la mitad más angosta. Voy a comprar los ingredientes para preparar un sancocho de gallina, el plato más emblemático de Panamá. En la calle unos tanques metálicos de petroleo cortados por la mitad son usados para asar jerky chickens y, a pesar del frío, la gente se reúne afuera de las barberías y se escuchan ritmos de dance hall como en cualquier calle de Kingston, Jamaica o Colón, Panamá. En la ventana de un local se ve una caja plástica con patitas de puerco flotando con pepinos en jugo de limón: sao, que en Panamá se vende en las calles en cubos de plástico exactamente iguales a ese. Vuelvo al Caribe. Entro a la tienda y le pregunto a la guial —de pronto las muchachas de esta parte de la ciudad son guiales— si tienen ñame, y me señala con la boca en dirección una gran bandeja donde además hay yuca y otoe. Y me recuerda que todavía hay pan bon y que todavía tienen guandú en su vaina, el frijol emblemático de la navidad caribeña. En el ambiente, el ritmo es de calypso. Mientras pago mi compra, pienso que es de noche y esta misma calle sería peligrosa en el Caribe. Acá se puede salir a hacer compras de noche y no esperar que a uno lo maten mientras le roban un teléfono o los zapatos. Esa paz no tiene precio. No sé si pueda anhelar volver al Caribe.

Anuncio del 2o Encuentro de Literatura Hispanoamericana en París, en la Casa de México

De vacaciones sí. Volver a La Habana, Santo Domingo, Limón, Santa Lucía, Cartagena, Santiago de Veraguas o unos días en alguna isla de Guna Yala. Volver a su gente, con su riqueza musical, gastronómica, linguística, a sus celebraciones populares. A su mar inefable. Pero no anhelo vivir en esa zona violenta, controlada por mafias.

Sigo mi camino de vuelta con las verduras de la sopa en una bolsa y en mi mente puedo escuchar el mar al golpear los pilotes que sostienen la casa de madera construida sobre las aguas. A lo lejos se escuchan los botes de los pescadores meciéndose y en el cielo la vía láctea mancha el cielo nocturno de estrellas.

«Alice está harta. Como pudo él ser tan idiota para poner en duda lo que le contó. Para ella es doloroso. Ya hace años su papá hablaba sobre eso, aunque lo hacía más sobre el asunto económico. Cada Navy Seal le cuesta al país millones de dólares en preparación y equipamiento y aquí mataron a una docena. Esas muertes son vox populi. Igual de doloroso es que pusiera en duda el informe. Claro que la culpa es de esa orden que dieron de no bombardear por el sitio en el que estaba ese aeropuerto. O él cree en esas idioteces de los "bombardeos quirúrgicos". Allí no lo hicieron porque este país no es uno, son dos, y en ese que apenas es un barrio, viven los aliados de esa invasión, mientras que en el otro vive el enemigo, el otro: esos seres sin alma sobre los que se podía disparar todo ese arsenal de experimentación. Pero lo peor de todo es que John haya puesto en duda que su propia gente, mal armados y sin equipos de avanzada, hayan despachado a más navy seals que en ningún otro lugar del mundo.»

Alice comienza a creer en esta historia que les cuento que John no es más que un revolutionary sexy symbol, vacio e incapaz de promover el cambio del que a veces habla entre tragos, en una zona del mundo que requiere un cambio total de sistema. Pero no es sólo eso. John es producto de la cultura que todo lo permea. Es el resultado de ese mismo sistema en el que las carencias materiales incluyen la falta de documentación, la materia prima para la investigación y nuevas publicaciones, punto en el que empieza un círculo vicioso. Alice no lo entiende aún, pero John es una excepción en su mundo y es mucho lo que ha logrado, influido quizás por algunos de los mayores que han podido formarse y aprender a pensar. Para Alice es difícil de comprender, pues ella viene de un mundo donde es importante la inversión de recursos en investigación. Por eso él no sabe nada de esa invasión que vivió en casa de su abuela, desde donde vio morir vecinos de formas espantosas mientras que Alice ha podido leer las criticas que le hace el sistema de guerra gringo al sistema de guerra gringo, con documentación y datos concretos. Alice apenas empieza a descubrir por qué en este país surge tanta música hermosa para amar o bailar, preámbulo a ese mismo amor, pero nada de filosofía, nada de ciencias, nada de pensamiento.

Si John viviera en Toronto podría pedir a la biblioteca de la ciudad varios informes sobre la invasión de Estados Unidos a Panamá, varios libros analizando las tácticas, la política de antes y después, los resultados concretos de esa guerra o por qué, jurídicamente, las cosas se llaman de la manera en que se llaman. Incluso, podría solicitar varias colecciones de textos con las técnicas de manipulación, muchos de los documentos consultados por las personas a cargo de las decisiones, de por qué quitar a un sistema militar títere de Estados Unidos para colocar un sistema con apariencia democrática títere de Estados Unidos, incluso podría leer las autopsias de esos mismos Navy Seals muertos en el aeropuerto civil de Paitilla, la cifra más grande de muertos de ese grupo en cualquier guerra, cuya misión era destruir un simple avión comercial. Si John viviera en Toronto hasta podría escribir un libro sobre el tema.

Imágenes del 2o Encuentro de Literatura
Hispanoamericana en París en septiembre de 2018

Pero John vive en Panamá y no le interesa escribir ese tipo de libros. A John le interesa escribir canciones, que convierte en dinero cuando las canta en bares, y coleccionar los poemas que se le van ocurriendo sobre el imperio, que son los que le gustaron a Alice, o sobre las mujeres que desea que lo deseen y que, engargolados en un folio que cumpla con las bases de algún concurso nacional, le podrían producir hasta 50 veces el salario de un maestro, de los que a veces mueren ahogados en un río rumbo a su escuela sin haber cobrado uno solo de sus meses de trabajo. Pero es como una lotería que podría tocarle a él o a una única persona entre las decenas que se dedican a coleccionar textos de la misma forma y presentarlos en estas competencias. Como no existen editoriales en Panamá, no hay esperanza de que algún día haga un proyecto complejo. En el Caribe es muy dificil escribir el Caribe.

Me han invitado a un evento sobre derechos humanos. Hablarán sobre los grandes logros de Canadá donde se respeta mucho la vida de los otros. Donde ocurre menos crímenes violentos que en el vecindario donde se ubica la presidencia de mi país, la zona más segura de todas. Pero en este país al norte de Norteamérica aún queda mucho por hacer, en especial acerca de los derechos de las mujeres indígenas, que en ciertas zonas todavía desaparecen misteriosamente para surgir después que se derrite la nieve, violadas y muertas.

El evento empieza con un danzante del pueblo ojibwe. Vestido con un tocado de plumas de ave, hace un baile ritual con movimientos de piernas y manos que de alguna manera me transportan a mi Caribe donde danzantes hacen movimientos similares en el contexto de fiestas cristianas impuestas hace relativamente poco. El evento concluye y no puedo dejar de pensar en esa danza.

Vuelvo a casa. Ya han pasado seis meses desde que el mundo se cubrió de blanco. En esta parte del Norte del Norte la nieve puede cubrirlo todo de octubre a mayo. Pero ya es mayo: los días se hacen más largos y la nieve empieza a perder terreno. Triunfa la luz una vez más. El césped, que continuaba verde bajo la capa de nieve, se deja ver y pronto estará cubierto de muchísimas flores moradas. Pero aún quedan acumulaciones de nieve. Algunos bloques demorarán semanas en derretirse, reduciéndose poco a poco, preservados en su propio microclima frío. Uno de esos cúmulos es la gran bola de nieve que hicieron los estudiantes unos meses atrás. La gran bola se ha reducido hasta convertirse en una masa pequeña sobre el llano. Me acerco y empujo la masa de nieve con un pie y allí está: la maleta de mi hijo que llevaba años perdida en los recuerdos. ¿O será en la imaginación?

¿O es que ambas, imaginación y memoria, están hechas de sustancias equivalentes y poco a poco una se irá convirtiendo en la otra y se harán intercambiables y esas cosas que hoy fluyen hacia mis páginas pronto no serán las cosas del Caribe, sino las de este norte que se cubre y se descubre de blanco?

¿O, al contrario, el Caribe en uno de sus hijos es indisoluble y no soy yo el que vuelve a lo real maravilloso de esa zona «donde convergen estupidez y miedo, inteligencia y pasión, asombro y estupor» sino que el Caribe me rodea siempre y no podré evitar nunca mirar al mundo de otra manera?

LA GUERRA SICOLÓGICA DE LA INVASIÓN A PANAMÁ

En 1989 Panamá fue objeto de un experimento infame, una estrategia de manipulación cuidadosamente diseñada y ejecutada con éxito por una unidad especial de operaciones sicológicas del ejército de los Estados Unidos. Las estrategias e instrumentos usados les dieron resultados exitosos cuyos impactos aún afectan la psique del panameño.


Cuando EEUU bombardeó e invadió Panamá, el 20 de diciembre de 1989, llevaba casi dos años trabajando en una operación de manipulación sicológica que siguió hasta bien entrado el año 1990 (1) . Los encargados eran los miembros del 4o Grupo de Operaciones Sicológicas (4th Psychological Operations, PSYOP), hoy conocido como el 4th Military Information Support Group, con sede en el Fuerte Bragg en Carolina del Norte, cuyo lema es "Verbum vincet" (la palabra vencerá).

Los intereses ocultos


Como en toda operación de esta naturaleza (2) , se buscaba influir en las «emociones, motivaciones, razonamiento objetivo y a la larga en el comportamiento» de los individuos, grupos y autoridades de ambos países. A los de Panamá, para que aceptaran la invasión como una "liberación"; a los de EEUU, para que vieran la guerra injusta a la que sometían a un país muy pequeño, de menos de 1% de su población, como un "regalo" de democracia y justicia. Como objetivo no declarado, no sólo de la operación sicológica, sino de todo el proyecto de invasión, se quería contrarrestar al Subcomité del Senado sobre Terrorismo, Drogas y Operaciones Internacionales, dirigido por John Kerry, que desde 1986 sostenía que el gobierno de ese país no había hecho nada en cuanto al narcotráfico en la región (3)  y, desligar a Reagan y a Bush (en pleno periodo electoral) de las razones que en ese entonces eran desconocidas por el público y que serían admitidas por la CIA en 1998 (4) : que el gobierno estadounidense apoyó a los Contra en Nicaragua, inundando de la droga crack la ciudad de Los Angeles, California para financiarlos. Operación en la que Noriega los había apoyado.

Podría decirse que para el equipo de especialistas en guerra sicológica iba a ser un trabajo fácil. Para que lo fuera más, a los pocos meses de empezar, en febrero de 1989, a Noriega le levantaron cargos por narcotráfico y lavado de dinero. Con ello era más sencillo convencer a la opinión pública de EEUU de que se trataba de un monstruo capaz, él solo, de poner en peligro a los casi 250 millones de habitantes de ese país. En Panamá, donde Noriega tenía problemas crecientes, ni siquiera los que hacían negocios con él lo iban a defender de las acusaciones de EEUU.


Así, antes del conflicto armado, el trabajo involucró la manipulación de medios (5) (6)   de comunicación locales e internacionales, trasmisiones de radio, por teléfonos y máquinas de fax (no existía el internet, así que caricaturas, noticias y artículos circulaban como facsímiles); movimientos de tropas y ejercicios en territorio panameño; y el aprovechamiento de cada bravuconada de Noriega, como la golpiza a Ford y el asesinato de su guardaespaldas, la famosa escena con el machete, o la balacera frente al Cuartel Central de las Fuerzas de Defensa en la que murió el infante de marina Robert Paz.

Y durante la guerra (7) , consistió en el uso de volantes, camisetas y pancartas previamente diseñadas; la deshabilitación de las transmisiones que se opusieran a la invasión; la publicación en los periódicos de caricaturas creadas para este conflicto por un tal Tim Wallace, alias LOBO, que ni siquiera hablaba español pero que usaba muy bien los elementos de la cultura y la política panameña; noticias controladas en medios impresos, radiales y televisivos (memorable la visita a la casa de Noriega donde se mostraban enormes bolsas blancas con el logo del Banco Nacional de Panamá, llenas de dinero y parafernalia de la utilizada para la santería, religión que en Panamá los más conservadores relacionan con la brujería y en Estados Unidos con el Vudú); el uso de altoparlantes con música estridente o mensajes leídos por hispanohablantes; las llamadas telefónicas directas con informaciones o amenazas; la distribución de pancartas alusivas a la extradición de Noriega o a la bienvenida a las tropas invasoras, tanto en cartón como en tela; todo el material necesario para lograr que los miembros del ejército panameño entregaran sus armas y pasaran a formar parte de la nueva policía, para la que ya se habían diseñado hasta las placas (con un mensaje alusivo, de orgullo renovado, a los que aceptaran ser miembros) y los emblemas que siguieron usándose; permisos para portar armas para ser firmadas por las nuevas autoridades y, para los más bravos, carnés de afiliación a los boinas negras arnulfistas con los colores de esa agrupación.

La campaña de manipulación

Tal vez no sabremos nunca si otros actos fueron planificados y su ejecución dirigida por esta organización para convencer a la opinión pública de la supuesta justicia de esta guerra no declarada. Lo que sí sabemos es que Noriega, que en 1970 fue alumno de la Escuela de Operaciones Sicológicas de la Armada de EEUU en Fuerte Gulick, en Panamá, no pudo con la avalancha de información y terminó buscando santuario en la iglesia antes de entregarse a los EEUU, mientras que los miembros de las Fuerzas de Defensa se rindieron rápidamente. 


El panameño común, constantemente manipulado por la televisión comercial, fue aun menos capaz de enfrentar esta parte sicológica de la guerra y, a pesar de las imágenes de El Chorrillo incinerado y sus miles de habitantes desplazados, de los carros aplastados en las calles y las historias de vecinos de todos los sectores de la ciudad de Panamá, Colón o Río Hato heridos de bala o muertos por unos muy eficientes soldados, hoy recordamos las imágenes, que le dieron la vuelta al planeta, de la gente celebrando la llegada de las tropas estadounidenses.

Manipulados por una propaganda muy bien tramada, el día después de Navidad, los canales de televisión controlados por los militares ocupantes revelaron que Noriega tenía dos días de estar refugiado en la embajada del Vaticano. No sabemos con certeza por qué demoraron ese tiempo en revelarlo, pero fue una información mantenida en secreto hasta ese momento. Las escenas transmitidas, que podemos ver en internet hoy, muestran el área controlada por tropas estadounidenses en varios vehículos artillados, sobrevolada por enormes helicópteros de guerra, y un grupo de personas que se había reunido en el área durante la tarde, portando pancartas en español y en inglés: "Noriega must be judged not exiled"; "Asilo no! Justicia"; "Otro Noriega nunca más"; "Justicia justicia justicia". Luego, las personas declarando ante las cámaras de manera contundente sobre la necesidad, no de juzgar a Noriega, sino de entregarlo: «Pero nosotros no estamos de acuerdo en que Noriega se quede aquí en Panamá. Si los gringos vinieron por él, se lo tienen que llevar a él y a los secuaces». A partir de esa transmisión, la gente comenzó a llegar al área voluntariamente. Recibieron con gusto (aunque no sólo esa noche y en ese lugar) camisetas con las banderas de los dos países, mensajes de bienvenida, paz y agradecimiento por la libertad y la democracia.

Los resultados del experimento

Nadie se preguntó cómo pudo imprimirse ese material a favor de la invasión, si la circulación de las personas estaba restringida y la ciudad de Panamá había sido desmantelada por un saqueo general, sin contar que el país llevaba meses casi detenido, con los bancos cerrados por un largo embargo internacional, y las imprentas y locales publicitarios, entre otros comercios no indispensables, cerrados por falta de dinero.

Preguntas que no se hacían en ese entonces y todavía no se hacen. En la mente de la mayoría de los panameños siguen grabadas varias ideas, que persisten a pesar del paso de los años y de otras evidencias.

Por ejemplo, a pesar de tantos libros de tácticas militares publicados en EEUU en los que se describen las batallas (8)  que se dieron en Panamá y Colón, incluyendo la del antiguo aeropuerto de Paitilla, que resultó en la mayor cantidad de muertos para los afamados Navy Seals (9) , la mayoría todavía cree que los estadounidenses no encontraron ninguna resistencia.
Aún con la información conocida de médicos, enfermeras y otro personal, además de conductores de ambulancias, carros de bomberos y taxis que pusieron en riesgo su vida, muchos de ellos heridos o muertos tratando de llegar a los hospitales o atendiendo las múltiples emergencias que se dieron esa noche de destrucción, es común que se siga diciendo que durante la invasión el panameño actuó de manera cobarde.

A pesar de la disponibilidad de tantos videos (hoy en internet) tomados por el mismo ejército de los EEUU, mostrando la intensidad del bombardeo al que fue sometido El Chorrillo durante toda la noche, todavía se repite que las viejas casas de madera de ese barrio fueron incendiadas por allegados a Noriega al día siguiente. Casas que, en tiempos de paz, se incendiaban constantemente de forma accidental.

Aunque hoy sabemos que la ubicación de Manuel Antonio Noriega al momento de iniciarse las hostilidades era conocida por EEUU, que manejaba sus operaciones de inteligencia para toda la región desde Panamá, se insiste que los muertos, los miles de desplazados, sobre todo los de El Chorrillo, pero también los llevados desde Río Hato, eran necesarios para atraparlo y sacarlo del poder.

Y se sigue creyendo que el repudiado saqueo era inevitable y no el crimen de guerra que fue, imperdonable para el ejército profesional más poderoso del mundo, que durante esta ocupación militar tenía la obligación de realizar las funciones policiales, bomberiles y de otras organizaciones civiles desmanteladas por ellos desde la primera noche.

Por supuesto, no todos los planes de esta organización funcionaron debidamente, como fue el caso de la música estridente que usaron para amedrentar a Noriega, acto que, aunque cautivó al público, fue muy criticado por diversos expertos militares (10).  Sin embargo, la operación fue tan exitosa que sabemos que mucho de lo que aplicaron en Panamá fue utilizado en mayor escala, y de forma refinada, en las guerras siguientes en las que EEUU participó (11).


La reconstrucción de la memoria

En Panamá, es indiscutible que el 4th PSYOP Group logró su cometido de influir en la mente de la gente para que aún, casi tres décadas después, vean la invasión y todas sus consecuencias horrorosas como algo inevitable, y como el regalo de una liberación.

Urge ahora a los panameños reconstruir los hechos, revelar la verdad, investigar todo lo relacionado con esta guerra no declarada, contar y nombrar a los muertos, que no pueden seguirse viendo como material descartable en una lucha de poderes, exaltar a los héroes y corregir el daño realizado por estas organizaciones dedicadas a la manipulación sicológica y cultural. Daño más terrible, por sus efectos a largo plazo, que toda la destrucción causada al país por los bombardeos.


Referencias 

(1) Friedman, H. A. U.S. PSYOP IN PANAMA (OPERATION JUST CAUSE).
(2) --. "Joint Publication 1-02, DOD Dictionary of Military and Associated Terms". US DOD, 8 de noviembre, 2010.
(3) Informe del Subcomité del Senado sobre Terrorismo, Drogas y Operaciones Internacionales, presidido por John Kerry, publicado en diciembre de 1988.
(4) --. CIA admits it overlooked Contras' links to drugs (http://www.cnn.com/US/9811/03/cia.drugs/). CNN, November 3, 1998.
(5) Emily Davidson. Espectros y daños colaterales: memorias mediáticas de la invasión estadounidense de Panamá. A contra corriente. Vol 12, No 1, Otoño 2014, 30-53.
(6) Cohen, J.; Cook, M. How Television Sold the Panama Invasion. The media go to war.
(7) Sandler, S. "Cease resistance: it's good for you: a history of U.S. Army combat psychological operations". United States Army Special Operations Command, Directorate of History and Museums. 1996.
(8)Phillips, R.C. Operation JUST CAUSE: The Incursion Into Panama. Didactic Press, 2015.
(9) Walker, G. "At the Hurricane's Eye". Ballantine Books, 1993.


Versión completa del artículo publicado en La Estrella de Panamá donde se puede ver [[AQUÍ]].

BOMBAS, BALAS Y MARIPOSAS


Otra vez este doloroso rito de recordar las bombas cayendo sobre mi ciudad apenas cuatro días antes de la Nochebuena, los muertos que muchos pretenden olvidar, los argumentos de la gente simple que cree que la historia es una especie de partido entre dos equipos muy bien delineados y que justifican una bandera negra o una bandera blanca olvidando el espectro extenso que colorea cualquier sociedad.

Ese día de diciembre de 1989 fuimos brutalmente humillados.

Hay que empezar por aceptarlo.

El ejército más poderoso del mundo nos golpeó con una fuerza imbatible y criminalmente exagerada, rompiendo ese principio que aparece en libros tan antiguos como el Mahábharata o el Deutoronomio, y codificadas en tratados modernos, según el que se condena el uso de fuerzas exageradas y la destrucción de poblaciones civiles. Fue una “guerra injusta”, para usar el término de las academias militares, con el absurdo nombre de causa justa.

Panamá era un país con un ejército de menos de 3,000 personas, preparado más que nada para enfrentar protestas civiles, actividades delictivas y para defender a Noriega en sus negocios, que incluían el tráfico de armas y drogas, que hizo precisamente para los gringos durante los muchos años que fue subalterno del mismo George H. W. Bush que ordenó la invasión. Negocios que, en Panamá, la mayoría le permitió sin protestar durante esa primera mitad de los años ochenta. Hasta que se desató el escándalo Iran-Contras el 3 de noviembre de 1986 y Noriega se convirtió en un estorbo para sus jefes, en especial durante la campaña presidencial en 1988 de Bush, en ese entonces vicepresidente. Año que empezó con la acusación formal en febrero de Noriega en un juzgado de Florida.

Por otro lado, en diciembre de 1989, Estados Unidos tenía una fuerza de 35,000 personas que se habían dedicado los años previos a realizar maniobras por todo el territorio panameño, con el monopolio del cielo y el mar, ya que Panamá no tenía nada que se pudiera considerar aviación o marina de guerra. Sin embargo, la noche del 19 de diciembre, desde Estados Unidos viajaron tropas adicionales y la fuerza aérea más sofisticada jamás enviada a una guerra, totalizando 27,000 personas las que participaron en la invasión.

Es tan injustificable como si una tropa de policías molieran a golpes a un maleante después de apuñalarlo y dispararle.

Y aunque Noriega era un maleante, Estados Unidos no era la policía. Y Noriega era uno solo de los miembros de las 3,000 tropas panameñas que no hicieron mucho para defender a nadie.

Y en esta guerra no murieron delincuentes, murieron vecinos de diversos barrios de Panamá.

Murió gente inocente, gente desarmada, gente que nada tenía que ver ni con el maleante de Noriega, ni con el maleante de Bush, ni con este plan corriendo desde antes que Díaz Herrera denunciara la corrupción del gobierno al que había pertenecido. Corrupción que hemos permitido y seguimos permitiendo impune en un país donde es encomiable y socialmente aceptable hacer carrera política con el objetivo de enriquecerse de negocios estatales corruptos. Porque con la invasión no hubo cambio alguno en Panamá. Otros se llevaron a Noriega, pero nosotros dejamos que continuara el mismo sistema podrido que hemos tenido desde el inicio de la República y que se renueva cada cuatro años en esta ilusión que nos venden con el nombre de democracia y que aceptamos alegremente.

Ilusión que necesita que aprendamos y repitamos conceptos muy simples, como ese que dice que el que condena la invasión es un maleante que defiende a Noriega, que las toneladas de bombas que cayeron esa noche sobre el Chorrillo no provocaron el incendio de ese barrio de madera, o que la invasión de hace casi un cuarto de siglo fue una liberación que debíamos celebrar, como en efecto muchos lo hicieron. Una ilusión que necesita que nos olvidemos de la historia, de los muertos, de los motivos, de las bombas, de las balas. Una ilusión que exige que creamos en esa mariposa de colores que llamamos equivocadamente democracia.

Una ilusión de bombas, balas y mariposas.

LA INVASIÓN O EL RITO DEL DOLOR

Para los que nacimos en las décadas del 70 y el 80, la invasión a Panamá fue como un doloroso, confuso y obligatorio ritual de paso que aún, veinte años después, no terminamos de digerir. Experiencia terrible que poco se ha hecho por balancear, por analizar objetivamente, por describir en una perspectiva justa.

Niños durante la dictadura militar que dominó por la fuerza desde 1968, crecimos apenas conscientes de lo que murmuraban nuestros padres temerosos de hablar muy alto por la amenaza de un viaje a la Modelo, a la isla de Coiba o a una casa en un barrio cualquiera de dónde sólo se salía en un saco de henequén. Nosotros no teníamos esos problemas; después de todo, éramos "los hijos predilectos de la revolución": salíamos retratados con el general de turno en grandes vallas o en los diarios nacionales, y en navidad disfrutábamos cuando la Policía Nacional cerraba las calles de la ciudad, más pueblo grande que urbe moderna, para que montáramos bicicleta con libertad.

La Exposición, ciudad de Panamá, circa 1990Los más viejos de esa generación de seguro recordamos a Díaz Herrera confesando en cadena nacional de radio y televisión los delitos en los que participó desde el gobierno militar, y cómo olvidar los sangrientos crímenes que remataron una dictadura a la que la gente empezaba a retar en las calles de manera cándida con piedras, pañuelos y pailas vacías.

Algo sí es seguro: hasta los menores recordamos cuando las cosas se salieron de control y, como pasó a menor escala por más de cien años, el poder más grande que la mayor cantidad de dinero del planeta puede comprar, el ejército más poderoso sobre la tierra, decidió atacarnos. Inolvidable cómo poco antes de la nochebuena nos bombardearon con toda su capacidad, nos invadieron, nos sometieron con facilidad, probaron sus fuerzas contra una ciudad convertida en blanco de práctica dizque para llevarse preso al general al poder, eso sí, criminal internacional.

Así amanecimos en 1990, en la última década del siglo XX, marcados por este ritual que ni los que eran en esa época nuestros mayores terminan de entender. Hoy, contemporáneos todos en esta segunda década del siglo XXI que iniciará pronto, creo que debemos empezar a analizarlo más críticamente, a mirarnos en el espejo con el ojo del analista objetivo.

En la bibliografía nacional hoy encontramos novelas, colecciones de cuentos, poemarios completos, ensayos, obras de teatro, testimonios. Muchos testimonios. Esto sin contar artículos politiqueros que es mejor dejar en el olvido. Entre estos libros serios prima el dolor, el lamento por unas cicatrices que indudablemente nos dejaron sangrando, el intento de racionalizar una situación compleja que no se puede simplificar en gringos contra panameños, indios contra vaqueros.

El problema que tenemos con el 20 de diciembre es que a esa fecha se daban varias situaciones importantes en Panamá. Todas al mismo tiempo. Y es difícil para los autores no tomar partido por una u otra situación. Algunas terminaron de pronto con los bombardeos gringos; se cerraron, pero no acabaron con formalidad. Y lo peor: no se había terminado de recoger a los muertos, de remover los escombros, cuando muchos utilizaban estos hechos como banderas, aprovechándose políticamente de ellos. Por eso es difícil encontrar un análisis objetivo sobre la invasión de parte de los historiadores de la época. A nuestra generación, los que vivimos esa experiencia antes de la mayoría de edad (o a la que sigue), es a la que le tocará hacer esos análisis.

Por eso, cuando leemos sobre el tema nos encontramos con que unos separan a los muertos y condenan todo lo demás, aunque tengan que besar a Noriega en la boca. Otros ponen a Noriega de un lado de la balanza, solito del lado de los condenados, y se olvidan del resto (incluyendo los 20 años previos de la dictadura que teníamos entonces, la mitad del libreto con lo actuado por Noriega). Otros simplemente se olvidan de todo y hablan de una libertad que cayó del cielo, libertad que tendría valor si la hubiéramos peleado o si desde un principio no hubiéramos permitido la situación de Panamá el 20 de diciembre de 1989. Situación que, en muchas cosas, no ha cambiado; capítulo que aún no cerramos a pesar de los muertos.

Para hablar de ese día tenemos que recordar que al 20 de diciembre teníamos un Panamá (aún lo tenemos) dividido entre los que gobiernan y el resto. Un gobierno secuestrado desde el siglo XIX por gente a la que no le importa recurrir al que sea, incluso mercenarios o aprovechados extranjeros, o a lo que sea para lograr sus intereses. Un Panamá en que la mayoría de los gobernantes han estado sólo interesados en hacer dinero y le han tenido siempre verdadero terror al resto de los panameños. Así nos unimos a Colombia, nos separamos varias veces hasta la definitiva de 1903 y pasamos el siglo XX. Dinámica que sólo se interrumpió un momento durante las primeras décadas de 1900 cuando el gobierno se propuso crear un país moderno fundando instituciones educativas nacionales, archivos, sistemas, organizaciones científicas, sitios culturales, recopilando una historia, educando a gente para que educara a los más jóvenes que luego se convirtieron en la generación que entre finales de los 40 y el 64 en verdad lucharon por Panamá y obligaron al gobierno de la época a actuar a la altura.

Pero esto se acabó de pronto. En 1967 rechazamos un golazo, tres en uno, que nos iban a meter los gringos legalizando su estadía en Panamá y obteniendo permiso para hacer en el futuro lo que fuera con la excusa de la defensa del canal. A partir de entonces ocurrió lo inverso: decayeron los sistemas educativos, científicos, los archivos se dejaron a la perdición, la historia se olvidó o hasta se tergiversó, el imaginario panameño se cambió lentamente de uno de amor propio por uno de auto-menosprecio.

Pero, ¿por qué a partir de 1967? ¿Por qué decayeron de manera tan eficiente nuestros sistemas educativos, nuestra imagen de nación? ¿Será coincidencia?...

Tema para otro artículo, el asunto es que así llegó el 20 de diciembre de 1989 a un Panamá en guerra civil no declarada, con la autoestima por el suelo. Una en que un bando tenía las armas y el otro no. Y el bando armado apoyado por los mismos gringos desde 1968 hasta casi el final cuando los títeres al poder comenzaron a desobedecer a los jefes de la CIA. Esa guerra debimos evitarla los panameños o, ya avanzados los años 80, muy tarde para evitarla, debimos pelearla. Fue cuando actuaron los gringos, aprovechando la costumbre de meterse en Panamá, costumbre ilegal hasta el tratado de 1977 (mismo tratado que rechazamos en 1967) que le dio autoridad para usarnos de cartón de tiro al blanco y poner orden, un orden a conveniencia de ellos y de unos cuantos panameños.

El ciclo se repite, o quizás la ola no termina, y en este siglo XXI seguimos teniendo un Estado secuestrado por gente a la que no le importa recurrir al que sea para resolver sus problemas. Una gente que le teme al resto de los panameños (ni siquiera quieren que opinemos) y no le importa nada con tal de hacer sus marrumancias. Un Estado que además parece tener instrucciones para hundir la cultura que nos define, la educación nacional que nos debería enseñar a pensar de manera crítica, y que se enfoca en el crecimiento económico y no en el desarrollo de un país, de una Nación.

Al final me queda dando vueltas en la cabeza una interrogante ¿Fue necesaria la invasión? ¿Fue necesario ese ritual de paso para los últimos hijos del siglo XX? Creo que no. Debimos evitarla. A menos que ese golpe a nuestro amor propio hubiera servido (y no fue así) para despertar, para darnos cuenta que tenemos que desarrollar un proyecto de Nación como lo creyeron los primeros líderes de la era republicana.